“En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”. Miguel de Cervantes
AGAMENÓN
PERSONAJES:
VIGÍA
CORO compuesto por ancianos argivos
CLITEMNESTRA
HERALDO
AGAMENÓN
CASANDRA
EGISTO
PRÓLOGO
La escena representa el palacio de los Atridas, ante cuya fachada hay unos altares con estatuas de dioses. Sobre la azotea hay un vigía tendido, con los codos apoyados en el suelo y la cabeza entre las manos. Es de noche.
VIGÍA
Suplico a los dioses la liberación de este penoso trabajo: una vigilancia que se alarga ya todo un año, durante la cual, echado sobre la azotea del palacio de los Atridas, apoyándome sobre los codos lo mismo que un perro, he llegado a reconocer las constelaciones de las estrellas que se ven de noche y las principales por su fulgor, que invierno y verano traen a los mortales, los luceros que más se destacan en el cielo, con sus ocasos y con sus ortos.
Ahora estoy acechando la señal de una antorcha, destello del fuego que traiga noticias de Troya y el anuncio de su conquista. Así lo manda un corazón de mujer previsora y tan decidida como un varón.
Siempre que ocupo este lecho húmedo por el rocío, que no permite el nocturno reposo y que nunca visita el sueño, el miedo, no el sueño, está a mi lado, para que de sueño no cierre del todo mis párpados; y cuando pienso en cantar o tararear, sirviéndome de este canto como remedio contra el sueño, me echo a llorar, lamentando el infortunio de esta morada que ya no se rige del mejor modo como tiempos atrás. ¡Ojalá que ahora mismo se produjera la dichosa liberación de mis penas, porque en medio de la oscuridad brillara el fuego portador de buenas noticias!
(Breve pausa. En lontananza se advierte una luz.)
Alegre te saludo, antorcha que en plena noche anuncias ya la luz del día y la institución de innúmeros coros de Argos por este suceso.
¡Victoria! ¡Victoria! A gritos doy la señal a la mujer de Agamenón, para que cuanto antes salte del lecho y, en el palacio, prorrumpa en gritos de alegría y victoria, dando la bienvenida a la luz de esa antorcha, si es verdad que ha sido tomada la ciudad de Ilión, según lo anuncia la tea con su resplandor.
Por lo que a mí toca, voy a iniciar con mi danza la fiesta (se pone a bailar), pues al caer bien los dados de mis amos, sacaré ventaja, que esta señal luminosa me ha valido tres seises.
¡Ojalá que yo pueda estrechar con esta mi mano la bienamada mano del soberano de este palacio cuando haya llegado!
Lo demás me lo callo. Un buey enorme pisa mi lengua. El propio palacio, si voz tuviera, podría decirlo con la mayor claridad, porque yo tengo el propósito de hablar del asunto solo con quienes ya están informados, pero lo tengo olvidado para los que lo ignoran.
PÁRODOS
(Sale el vigía. Momentos después salen servidores en silencio que encienden fuego en los altares y desaparecen. A continuación entra el Coro.)
CORO
Este es el décimo año desde el momento en que el poderoso querellante contra Príamo, el rey Menelao y Agamenón, la poderosa pareja de Atridas que de Zeus recibieran la honra de sendos tronos y cetros, zarpó de este país de los argivos con una escuadra de mil navíos, transporte de tropas en apoyo de su derecho, gritando Ares con todas sus fuerzas y de corazón. Parecían buitres que con inmenso dolor por sus crías giran y giran surcando el aire sobre sus nidos con remos de alas, por haber resultado trabajo perdido la vigilancia que desplegaron en torno del nido de sus polluelos, pero que al oír en las alturas Apolo, Pan o Zeus el penetrante lamento de los graznidos de estos vecinos, envía una Erinis contra los culpables. Del mismo modo el poderoso Zeus, protector de quienes son hospitalarios, envía a los hijos de Atreo contra Alejandro, por una mujer que lo ha sido de muchos maridos. Numerosos combates que extenúan los miembros —la rodilla apoyada en el polvo y rota la lanza en el preludio del sacrificio— impondrá por igual a los dánaos y a los troyanos.
Las cosas ahora están como están y acabarán en lo que ya ha decretado el destino. Ni encendiendo el fuego para el sacrificio ni derramando libaciones podrá calmarse la inflexible ira que denota la ofrenda no consumida por la llama.
Como nosotros no pudimos aportar nuestra ayuda por la vejez de nuestras carnes, sino que fuimos eximidos de la expedición vengadora de entonces, aquí quedamos, apoyando en el báculo nuestra poca fuerza, ya tan débil como la de un niño, porque a la savia infantil que brinca dentro del pecho le pasa como a la vejez: no tiene en ella Ares su puesto. Del mismo modo, la extrema vejez de un follaje ya del todo seco avanza con sus tres pies por los caminos y anda de un lado a otro no con mayor facilidad que un niño pequeño, como la imagen de algo soñado que se presentase en pleno día.
Pero tú, hija de Tindáreo, reina Clitemnestra, ¿qué necesidad te está apremiando? ¿Qué novedad hay? ¿De qué has oído hablar? ¿Qué mensaje ha influido en tu ánimo para que des órdenes de ofrecer sacrificios por todas partes? Todos los dioses de nuestra ciudad, los de las alturas, los subterráneos, los de nuestras puertas y nuestras plazas tienen ardiendo sus altares con las ofrendas. Acá y allá se eleva hacia el cielo la llama que avivan los suaves estímulos exentos de engaño del sagrado aceite y la ofrenda sacada del fondo del palacio real. Dime de eso lo que sea posible y a la vez lícito, y con tus palabras tórnate médico de este cuidado que ahora tan pronto termina en angustia como saca esperanza de esos sacrificios que haces brillar, con la que aleja la insaciable inquietud que corroe mi alma.
Estrofa 1a
Dueño soy yo de cantar el mando ejercido por hombres en pleno vigor en virtud de felices augurios propicios a la expedición —que todavía la ancianidad que he alcanzado por voluntad de las deidades inspira persuasión a la fuerza de mis canciones—y cómo al poder de doble trono de los aqueos, concorde caudillaje de la helénica juventud, con lanza y brazo vengador, contra la tierra teucra lo envió el bélico augurio de un ave: dos reinas de las aves —negra la una y de blanca cola la otra— se aparecieron a los reyes de nuestros navíos muy cerca del palacio, del lado de la mano que blande la lanza en un lugar muy destacado. Estaban devorando una liebre preñada con su gravidez, tras haberle cortado su última carrera.
Entona un canto de duelo, un canto de duelo; pero que el bien consiga triunfar.
Antistrofa 1a
Cuando lo vio el sabio adivino de los ejércitos, reconoció en las belicosas devoradoras de la liebre a los dos Atridas, diferentes en el talante, caudillos con mando supremo, y dijo así explicando el prodigio: «Con el tiempo conquistará la ciudad de Príamo esta expedición, y todos los numerosos ganados acumulados por sus habitantes tras de sus torres los va a saquear la Moira por la violencia. Solo hay un peligro: que la irritación de los dioses llegue a sumir en la oscuridad ese gran freno que se pondrá a Troya forjado por nuestros ejércitos, pues la pura Artemis, por compasión, está irritada con los alados perros de su padre porque han dado muerte a la mísera liebre con su preñez antes del parto y odia ese festín de las águilas.»
Entona un canto de duelo, un canto de duelo; pero que el bien consiga triunfar.
Épodo
«Como es tan bondadosa la Bella con los cachorros que ni andar pueden de los fieros leones y disfruta tanto con las mamantonas crías de todas las fieras del campo, me pide que haga la interpretación de este portento, presagio que en parte nos es favorable, pero adverso en otro sentido. Invoco a Pean salvador, para que la diosa no envíe a los dánaos unos vientos contrarios que retengan las naves y les impidan por tiempo infinito la navegación, y manifieste así su exigente deseo de un sacrificio diferente, impío, en cuyo festín tampoco es lícito participar, autor de querellas en el seno de la familia, que entrañará incluso la pérdida del respeto al marido, pues queda en pie una espantosa, dispuesta siempre a alzarse de nuevo, pérfida regidora de la estirpe, la saña de buena memoria y vengadora de una hija».
Junto a grandes bienes, tal fue el funesto destino que gritó Calcante para la casa real, interpretando al mismo tiempo augurios favorables a la expedición.
Acorde con ello, entona un canto de duelo, un canto de duelo; pero que el bien consiga triunfar.
Estrofa 2a
Zeus, quienquiera que sea, si así le place ser llamado, con este nombre yo lo invoco.
Ninguna salvación me puedo imaginar, al sopesarlo todo con cuidado, excepto la de Zeus, si esta inútil angustia debo expulsar de verdad de mi pensamiento.
Antistrofa 2a
Ni siquiera de aquel que antes fue grande y que audacia sobrada tenía para luchar solo contra todos, ni siquiera de él se dirá que un día existió. El que después hubo nacido desapareció al tropezar con un vencedor definitivo. Así que, si alguno entona cantos triunfales en honor de Zeus, conseguirá la perfecta sabiduría.
Estrofa 3a
Porque Zeus puso a los mortales en el camino del saber, cuando estableció con fuerza de ley que se adquiera la sabiduría con el sufrimiento. Del corazón gotea en el suelo una pena dolorosa de recordar e, incluso a quienes no lo quieren, les llega el momento de ser prudentes. En cierto modo es un favor que nos imponen con violencia los dioses desde su sede en el augusto puente de mando.
Antistrofa 3a
Y entonces el caudillo mayor de las naves aqueas, sin hacerle reproches al adivino, cedió a los golpes de la mala suerte, cuando las tropas aqueas sufrían el agobio de no poder hacerse a la mar, con el consiguiente consumo excesivo de víveres, enfrente de Cálcide, en las rompientes de Aulide.
Estrofa 4a
Del Estrimón vinieron los vientos que originaron infaustas demoras, hambre y peligro para los anclajes, la dispersión de las dotaciones, sin perdonar tampoco naves y amarras, que alargaban el tiempo de la tardanza, y con el desgaste producido por la dilación iban fatigando a la flor del ejército aqueo.
Pero después un remedio más grave para los jefes que la dureza del temporal gritó el adivino apoyándose en Artemis, hasta el punto de que los Atridas con sus cetros golpearon la tierra sin poder contener el llanto.
Antistrofa 4a
Entonces el mayor de los reyes habló y dijo así: «Grave destino lleva consigo el no obedecer, pero grave también si doy muerte a mi hija —la alegría de mi casa— y mancho mis manos de padre con el chorro de sangre al degollar a la doncella junto al altar. ¿Qué alternativa está libre de males? ¿Cómo voy yo a abandonar la escuadra y a traicionar con ello a mis aliados? Sí, lícito es desear con intensa vehemencia el sacrificio de la sangre de una doncella para conseguir aquietar los vientos. ¡Que sea para bien!».
Estrofa 5a
Y cuando ya se hubo uncido al yugo de la ineluctable necesidad, exhaló de su mente un viento distinto, impío, impuro, sacrílego, con el que mudó de sentimientos y con osadía se decidió a todo, que a los mortales los enardece la funesta demencia, consejera de torpes acciones, causa primera del sufrimiento. ¡Tuvo, en fin, la osadía de ser el inmolador de su hija, para ayudar a una guerra vengadora de un rapto de mujer y en beneficio de la escuadra!
Antistrofa 5a
Ni súplicas ni gritos de «padre», ni su edad virginal para nada tuvieron en cuenta los jefes, ávidos de combatir.
Tras la plegaria, como ella estaba arrebujada en sus vestidos y agarrándose al suelo con toda su alma, ordenó el padre a los que eran sus ayudantes en el sacrificio que la levantaran y la pusieran sobre el altar, como si fuera una cabritilla, y que con una mordaza sobre su bella boca impidieran que profiriese una maldición contra su familia, utilizando la violencia y la brutalidad de un freno que no le dejara hablar.
Estrofa 6a
Y mientras ella soltaba en el suelo los colores del azafrán, iba lanzando a cada uno de los sacrificadores el dardo de su mirada, que incitaba a la compasión. Daba la sensación de una pintura que los quisiera llamar por sus nombres, pues muchas veces había cantado en el salón de los varones en que su padre invitaba a la mesa a menudo, y, virginal, con su voz pura, honraba cariñosamente el fausto pean de su amado padre tras la tercera libación.
Antistrofa 6a
Lo que ocurrió a partir de ese momento ni lo vi ni lo voy a contar, pero el arte profético de Calcante no careció de cumplimiento.
Justicia facilita el aprender a quienes han sufrido, y lo que ocurra en el futuro, cuando haya sucedido, tú lo podrás oír. Váyase en buena hora hasta que llegue el caso. Pero es igual llorarlo antes que ocurra, pues ha de venir con toda claridad con los primeros rayos de la aurora. ¡Ojalá haya un feliz resultado en estos sucesos como lo desea esa a quien más de cerca le toca, fortaleza que es defensora única del país de Apis!
EPISODIO I
(Se abre la puerta del palacio y sale Clitemnestra.)
CORIFEO
Vengo, Clitemnestra, a rendir homenaje a tu poderío, pues es de justicia honrar a la esposa del soberano, cuando está ausente del trono el varón.
Tanto si estás ocupándote de hacer sacrificios por haber recibido buenas noticias, como si solo lo haces con la esperanza de recibirlas, lo escucharé con alegría, pero tampoco me quejaré, si te lo callas.
CLITEMNESTRA
Como portadora de buenas noticias, conforme al proverbio, nazca la aurora de su madre la noche.
Vas a enterarte de una alegría que sobrepasa cuanto tú esperaras oírme: sí; los argivos ya han conquistado la ciudad de Príamo.
CORIFEO
¿Cómo dices? Se me ha escapado el alcance de tus palabras, porque es increíble.
CLITEMNESTRA
¡Que Troya es ya de los aqueos! ¿Hablo con claridad?
CORIFEO
La alegría me invade y al mismo tiempo: me arranca lágrimas.
CLITEMNESTRA
Sí. Tus ojos delatan que tienes buenos sentimientos.
CORIFEO
¿Y qué es lo que hace creerlo? ¿Tienes garantía de que es verdad?
CLITEMNESTRA
La tengo —¿por qué no?—, a menos que un dios me haya engañado.
CORIFEO
¿Acaso estás concediendo importancia a persuasivas visiones de sueños?
CLITEMNESTRA
No aceptaría yo la ilusión de una mente que está soñolienta.
CORIFEO
¿Cebó, entonces, tu seguridad una noticia carente de alas?
CLITEMNESTRA
Te has mofado de mi inteligencia como si yo fuera una niña chica.
CORIFEO
¿Y en qué momento ha quedado arrasada esa ciudad?
CLITEMNESTRA
Te contesto: la noche pasada, la que ha dado lugar a este día.
CORIFEO
¿Y quién podría llegar a anunciarlo tan pronto?
CLITEMNESTRA
Hefesto, enviando un brillante fulgor desde el Ida. Desde el fuego que fue el primero en dar la noticia, cada hoguera fue enviando otra hoguera hasta aquí: el Ida al Hermeo, monte de Lemnos. En tercer lugar, recibió de esta isla una gran hoguera la altura de Atos consagrada a Zeus, y se elevó por aquellas alturas, como para venir por encima del mar para nuestro gozo, el vigor de la antorcha viajera, y la ardiente resina del pino dio aviso a los vigías del monte Macisto con la brillantez de un dorado fulgor semejante al del sol. No se anduvo en demoras el monte, ni vencido del sueño de modo insensato pasó por alto la parte que a él le tocaba en el mensaje, antes, al contrario, llegó allá lejos la luz de su hoguera, hasta las corrientes del Euripo y dio la señal a los centinelas de Mesapio. Estos encendieron, a su vez, otra hoguera, para que la señal siguiera adelante, prendiéndole fuego a un montón de brezo ya seco. La vigorosa llama, sin apagarse siquiera un momento, franqueó de un salto las tierras bajas del río Asopo, como luna resplandeciente, hasta la roca del Citerón y provocó un nuevo relevo del fuego encargado de traer la noticia. El puesto de guardia no descuidó el encender una luz que llegara a lo lejos, más intensa aún de lo que se le había ordenado. Y la luz cruzó por encima del lago Gorgopis y alcanzó hasta el monte Egiplanto, donde incitó a no omitir la orden que había de encender un fuego. Lo encendieron con ardor diligente y enviaron una enorme barba de fuego como para sobrepasar, iluminándolo, el promontorio desde cuya cumbre se divisa el golfo Sarónico. Luego saltó y al punto llegó al monte Arácneo, puesto de observación ya vecino a nuestra ciudad, y a continuación alcanzó esta morada de los Atridas esa luz que no deja de ser descendiente del fuego prendido en el Ida. Tales eran mis instrucciones a los portadores de las antorchas: cada uno releve al otro, y vence el primero y el último en esta carrera. Y tal garantía y señal te digo de que desde Troya mi esposo me dio la noticia.
CORIFEO
Mujer, mi plegaria a los dioses en acción de gracias más tarde la haré. Ahora quisiera escuchar tu relato sin interrupción y llenarme de admiración conforme tú vayas hablando de nuevo.
CLITEMNESTRA
En el día de hoy ya los aqueos son dueños de Troya. Pienso que en esa ciudad se echan de ver voces que no son concordes. Si en la misma vasija pusieras vinagre y aceite, les podrías llamar enemigos, porque cada uno se mantiene aparte del otro. Del mismo modo es posible oír en sentido distinto las voces de los conquistados y sus vencedores, por el doble valor del suceso. De un lado, gente que se abraza en el suelo a los cadáveres de los maridos y los hermanos, o hijos que hacen lo propio a los cuerpos de quienes los engendraron y ya eran ancianos y todos hacen salir de su cuello, que ya ha perdido la libertad, gemidos por la muerte de sus seres más queridos.
Por su parte, a los otros, la fatiga de haber andado de acá para allá durante la noche tras la batalla, los endereza a saciar su hambre con la comida que haya en la ciudad, sin ningún indicio de organización, sino cada cual conforme a la suerte que al azar le tocó. Y en las prisioneras casas troyanas habitan ya, libres de las heladas a la intemperie y de la escarcha, y como gente que tiene prosperidad dormirán la noche entera sin tener que hacer guardia.
Si con piedad veneran a los dioses protectores del país conquistado y los templos de esas deidades, no se tornarán en el futuro de conquistadores en conquistados. Pero antes me temo que incurra el ejército en el deseo de devastar lo que no se debe, dominado por ansia de lucro, pues todavía es preciso que den la vuelta para hacer hacia atrás la segunda mitad de la carrera, que constituye la salvación del regreso a sus casas.
Pero si consiguiera venir el ejército por no haber ofendido a los dioses, ni sucedieran imprevistas desgracias, aún quedaría despierto el sufrimiento por los que han muerto.
Esto es lo que de mí, una mujer, estás oyendo. ¡Que el bien logre el triunfo como para verlo sin duda ninguna, que, de entre muchos bienes posibles, ya he escogido esta ventaja!
CORIFEO
Hablas, mujer, con sensatez, como lo haría un prudente varón. Así que yo, como ya he escuchado tus fidedignas pruebas, me dispongo a invocar a los dioses del modo apropiado, pues se nos ha concedido un favor que bien merece el pago de nuestro esfuerzo.
ESTÁSIMO I
CORO
¡Oh Zeus Rey, y Noche amiga que nos has deparado una gloria tan grande, que echaste una red en la que cayeran las torres de Troya de modo que nadie, ni grande ni chico, pudiera escapar de las fuertes mallas de la esclavitud, de un castigo al que todos están sometidos!
Venero al grandioso Zeus protector de los huéspedes, al autor de esta hazaña, que contra Alejandro largo tiempo estuvo tensando su arco, para que ni antes del punto que era oportuno, ni por encima de las estrellas se clavara, inútil, el dardo.
Estrofa 1a
Pueden decir que la herida es de Zeus. Es posible inferir la certeza de esta afirmación: actuó tal cual decidió. Alguien dijo que las deidades no se dignan siquiera cuidarse de los mortales que pisotean el honor de lo inviolable. No era ese un hombre piadoso. La maldición se revela en los frutos de las ilícitas osadías de quienes se muestran más orgullosos de lo que es justo, cuando en exceso sus casas rebosan sobrepasando la medida óptima. Tenga sin daño la riqueza, de modo que pueda bastarle, quien por su suerte ha logrado la sabiduría, pues no es un baluarte la riqueza para el varón que por buscar la saciedad da un puntapié al grandioso altar de la Justicia, para hacerla desaparecer.
Antistrofa 1a
Lo fuerza la insistente Persuasión, irresistible hija del Error que actúa de consejero, y todos los remedios resultan inútiles. No queda entonces oculta la maldad, sino que se presenta ante los ojos con una luz de resplandor terrible. Lo mismo que acontece con un bronce de mala calidad, que se va ennegreciendo a fuerza del uso y los golpes, así le ocurre al hombre injusto al verse sometido a la justicia —porque es cual un niño que persigue a un pájaro que vuela— y echa sobre su pueblo insoportable oprobio. No escucha sus plegarias ninguno de los dioses, que la deidad castiga al hombre que es injusto por frecuentar el crimen. Así también fue Paris, que vino a la morada de los hijos de Atreo y deshonró la mesa de su huésped robándole la esposa.
Estrofa 2a
Ella dejó tras sí, a sus conciudadanos, combates con escudos y con lanzas, y el tener que equipar una escuadra, mientras que como dote llevó a Ilión la destrucción; pues, cuando con rapidez salió a través de su puerta, tuvo la audacia de realizar una acción que no es tolerable.
Mucho gemían al decir esto los adivinos de este palacio: «¡Ay, ay del palacio! ¡Ay del palacio y de sus príncipes! ¡Ay del lecho y las huellas de pasos en pos del amor de un hombre! Se pueden ver los silencios de quien se aparta de todo lleno de dolor, signos estos de su honra herida, pero sin expresión de reproche. Por la nostalgia de la que está más allá del mar, parecerá que un fantasma reina en palacio.»
La gracia de las bellas estatuas le resulta odiosa al marido, y en el vacío de su mirada está ausente toda Afrodita.
Antistrofa 2a
Hay en sus sueños apariciones que le hacen sufrir, que solo le traen una vana alegría, pues cuando está viendo lo que cree que es su bien, la visión se le escapa inmediatamente de entre los brazos, luego de haberse esfumado sin realidad en la compañía de los alados caminos del sueño.
Estos son los dolores que pesan sobre el hogar de este palacio y otros incluso más graves que estos. En cuanto al conjunto del pueblo, en cada morada se advierte un duelo que el alma lacera por los que partieron de la tierra de Helén. Muchas son las desdichas que hieren el corazón. Cada cual sabe a qué familiares dio la despedida, pero en vez de hombres vuelven a la casa de cada uno urnas y cenizas.
Estrofa 3a
Ares, el dios que cambia por oro cadáveres, el que en el combate con armas mantiene en el fiel la balanza, manda desde Ilión a los deudos de los combatientes, en lugar de hombres, un penoso polvo incinerado, llenando y llenando calderos con la ceniza bien preparada.
Y gimen sin tregua mientras elogian al guerrero muerto: a este porque era diestro en el combate; a aquel porque cayó gloriosamente en la matanza de una guerra ¡por la esposa de otro! Todos lo gruñen en voz baja, y un dolor rencoroso se va difundiendo clandestinamente contra los Atridas, los promotores de la venganza. Otros, en fin, allí mismo, en torno a los muros de la tierra de Ilión, con sus cuerpos intactos, tienen sus tumbas. Tierra enemiga ha cubierto a quienes la estaban conquistando.
Antistrofa 3a
Cosa grave es la voz de unos ciudadanos que sienten rencor. El gobernante paga la deuda cuando la maldición del pueblo se cumple. Mi angustia espera escuchar algo aún oculto por las tinieblas, que a los autores de tantas muertes no dejan de verlos los dioses, y con el tiempo las negras Erinis, al que ha ido teniendo fortuna feliz, pero al margen de la justicia, mediante un cambio de la fortuna que arruina su vida, lo sumen en la oscuridad, pues no tiene fuerza para defenderse el que se encuentra ya entre los muertos. Gozar de una fama desmedida es algo muy grave, que el rayo de Zeus alcanza la casa de la gente así.
Prefiero un bienestar que no provoque envidia. ¡Nunca sea yo destructor de ciudades! ¡Ni, prisionero, vea mi vida sometida a otro!
Épodo
—A consecuencia de ese fuego portador de buenas noticias, un rumor recorre veloz la ciudad. Pero ¿quién sabe si eso es verdad o, en cierta medida, solo un engaño de las deidades?
—¿Quién es tan pueril o tiene un juicio tan tocado, que enardezca su corazón por los recientes mensajes de una llama, para después sufrir si cambia el cuento?
—Propio de una mujer investida de autoridad es dejarse arrastrar por la alegría antes de que el suceso se manifieste en la realidad.
—Crédulo en exceso, el corazón femenino se deja ganar fácilmente al conmoverse con rapidez; pero también, con vida corta, perece el rumor propagado por una mujer.
EPISODIO II
(Se acerca un heraldo.)
CLITEMNESTRA
Pronto sabremos si dicen verdad esos relevos de teas portadoras de luz y las luminosas señales del fuego o si, a modo de un sueño, este grato fulgor que ha venido engañó nuestra mente. Porque estoy viendo que, de la parte de la costa, viene un heraldo coronado con ramos de olivo. El polvo sediento, hermano del barro me atestigua esto: que dará noticias, pero no sin voz ni con humo de fuego encendiendo una hoguera con leña en el monte, sino que al hablar nos dirá una alegría mayor... —descarto un relato contrario a ese, pues ¡ojalá que al bien ya aparecido venga a sumarse un nuevo bien!
CORIFEO
¡Y quien de otra forma haga votos para esta ciudad, que recoja él los frutos del error de su pensamiento!
(Entra a escena un heraldo.)
HERALDO
¡Oh suelo patrio de mi tierra argiva! ¡He llegado a ti con esta luz del amanecer después de diez años y he conseguido el cumplimiento de una sola esperanza entre otras muchas que me fallaron! ¡Nunca podía yo imaginar que moriría en tierra de Argos y que parte tendría en una tumba que era para mí la más amada! ¡Yo te saludo, tierra mía, y a ti, luz del sol, y al soberano de esta tierra —Zeus— y a ti, Señor Pitio, que ya no lanzas contra nosotros flechas con tu arco! ¡Bastante hostil nos fuiste ya junto al Escamandro! ¡Sé, en cambio, ahora nuestro médico salvador, Señor Apolo! ¡También saludo a todos los dioses que presidían nuestras batallas y a mi protector Hermes, heraldo amado que es venerado por todo heraldo! ¡Y a los héroes que nos despidieron cuando partimos! ¡Acoged propicios de nuevo al ejército que abandonó con vida la lanza! ¡Oh palacio de nuestros reyes, estancias amadas, augustas sedes y deidades que miráis hacia el sol, acoged con honor, como antaño hacíais, a nuestro Rey con esos rostros radiantes de alegría tras largo tiempo!
Sí, porque el rey Agamenón viene portando una luz que brilla en la noche al mismo tiempo para bien vuestro y el de todos los que aquí están. Saludadlo con gozo, pues lo merece, que arrasó a Troya con la piqueta de Zeus Vengador, mediante la cual fue conquistado el suelo de Troya.
Ya no hay en ella rastro de altares ni templos de dioses, y la semilla de todo el país ha perecido. Luego de haber impuesto a Troya un yugo tan duro, ya está llegando nuestro soberano, el mayor de los hijos de Atreo, venturoso varón. Es el más digno de ser honrado entre todos los hombres de hoy, pues ni Paris ni su ciudad entera se ufanan ya de que su ofensa fuera más grande que el sufrimiento de su castigo, ya que se vio condenado a sufrir la pena por el rapto y el robo: perdió su botín y arrasó su propio país y casa paterna con una total carnicería. Doble han pagado su crimen los hijos de Príamo.
CORIFEO
¡Alegría, heraldo que vienes de parte del ejército aqueo!
HERALDO
Alegre estoy. Ya no me importa morir, si place a los dioses.
CORIFEO
¿Te atormentó el deseo de esta tu tierra patria?
HERALDO
Tanto, que de alegría ahora lloran mis ojos.
CORIFEO
Estabais heridos de nuestra misma grata dolencia.
HERALDO
¿Cómo dices? Si me lo explicas, me adueñaré de tu respuesta.
CORIFEO
Estabais heridos por el amor de quienes también os amaban.
HERALDO
¿Quieres decir que este país sentía añoranza por el ejército que lo añoraba?
CORIFEO
Hasta gemir con frecuencia desde lo hondo de mi corazón sumido en el duelo.
HERALDO
¿De dónde os venía esa penosa tristeza por el ejército?
CORIFEO
Ha tiempo que tengo el callar por medicina de mi desgracia.
HERALDO
¿Y cómo? ¿Tenías miedo de alguien, al estar ausentes los reyes?
CORIFEO
Hasta el punto que ahora, igual que tú dices, incluso haber muerto sería para mí una gran alegría.
HERALDO
Sí, se ha conseguido. Pero, al pasar un largo tiempo, de unos mismos sucesos puede decir alguno que fueron venturosos, y otro, a su vez, que fueron motivo de aflicción. ¿Quién, excepto los dioses, está libre de dolor todo el tiempo a través de los años? ¡Si yo os contara las fatigas, las noches al relente, el limitado espacio en la nave, la cama molesta...! ¿En qué momento del día nos faltó la ocasión de gemir? Pero luego, ya en tierra, hubo incluso un mayor horror: estaban nuestros lechos junto a los muros del enemigo; caía del cielo el rocío, y las humedades de las praderas que hay en la tierra iban goteando sobre nosotros, daño permanente para nuestra ropa, y nos llenaban el pelo de bichos.
¡Y si uno hablara del invierno, causa de muerte para las aves —¡qué insoportable nos lo hacía la nieve del Ida!—, o del calor, cuando en su lecho, al mediodía, cae el mar y duerme sin olas, sin que siquiera sople la brisa...!
¿Por qué lamentarlo? Pasaron las penas. Y una vez pasadas, a los que están muertos ya no les preocupa ni el que nunca de nuevo se pondrán en pie; y para nosotros, los que quedamos del ejército argivo, tiene mayor importancia el provecho obtenido, sin que lo mengüe aquel sufrimiento.
¿Qué necesidad hay de hacer la cuenta de los que murieron y que el vivo sufra por el rigor de la mala fortuna? Creo que es digno que nos alegremos por estos sucesos, porque es justo jactarnos a la luz de ese sol que vuela por encima de mares y tierras: «Luego que un día conquistó Troya el ejército argivo, dedicó este botín a los dioses en cada templo que hay en la Hélade, en testimonio de su antiguo esplendor.»
Quienes oigan tales hazañas deben elogiar a la ciudad y a sus caudillos. Y será honrado el favor concedido por Zeus, que fue quien hizo que así sucediera.
Ya has escuchado entero el relato.
CORIFEO
No niego que he sido vencido por tus argumentos, pues siempre tiene el anciano facilidad para aprender de la juventud. Pero es lógico que interesen estas noticias, sobre todo al palacio y a Clitemnestra, pero que a la vez a mí me enriquezcan.
CLITEMNESTRA
Ha tiempo que grité de alegría, cuando vino el primer mensajero nocturno del fuego a comunicarnos la conquista y destrucción de Troya. Pero hubo quien zahiriéndome dijo: «¿Crees tú que Troya ya está destruida y has dado crédito a una simple señal luminosa? ¡Cuán cierto es que lo que puede esperarse de una mujer es que se excite su corazón!».
Con tales razones se me presentaba como un ser inestable. A pesar de todo, ofrecí sacrificios, a la vez que los hombres, con rito al parecer mujeril, unos desde un lado y otros desde otro, por toda la ciudad, lanzaban gritos de victoria entre clamores de buen augurio y, luego, en los templos de las deidades consumían la llama olorosa que devora las víctimas ofrecidas.
¿Qué falta hace que tú me digas más ahora? ¡Del propio Rey conseguiré saberlo todo!
Voy a apresurarme con la mayor celeridad a recibir en su regreso a mi marido, merecedor de mi respeto, pues, para una esposa ¿qué luz más dulce de ver que esa: abrirle la puerta al marido, cuando regresa de una campaña porque un dios lo salvó? Anúnciale esto a mi esposo: que venga lo más pronto que le sea posible, que el pueblo lo ama, que, cuando llegue, encontrará en su palacio una esposa fiel, tal cual la dejó, un perro guardián de su casa, leal con él y hostil con los que mal lo quieren, y del mismo modo en todo lo demás, y que ningún sello ha roto a lo largo de un tiempo de ausencia tan prolongado, que ni el placer de otro hombre ni habladurías sobre mi honra conozco más que el oficio de dar brillo al bronce. Esta jactancia llena de verdad no constituye ningún deshonor decirlo en voz alta para una mujer que tiene nobleza.
(Clitemnestra entra en palacio.)
CORIFEO
Así ha hablado ella para ti, conforme lo entiendes, discurso especioso para agudos intérpretes.
Pero dime, heraldo: te pregunto si Menelao está de regreso, y sano y salvo vuelve con vosotros el amado príncipe de este país.
HERALDO
No existe modo de que yo te cuente hermosas mentiras para que mis amigos saquen de ellas provecho por largo tiempo.
CORIFEO
¿Cómo, entonces, podrías decirnos algo ventajoso que al mismo tiempo fuera verdad?
HERALDO
Nuestro hombre desapareció del ejército aqueo, él y su nave.
No digo mentira.
CORIFEO
¿Se hizo a la mar desde Ilión a la vista de todos o lo separó de la escuadra una tormenta que alcanzó a toda la flota?
HERALDO
Has dado en el blanco como un buen arquero. Con pocas palabras has expresado un desastre de gran duración.
CORIFEO
¿Y los rumores de otros navegantes le daban por vivo o por muerto?
HERALDO
Nadie lo sabe como para poder decirlo con claridad, excepto el sol, que nutre el vigor de la tierra.
CORIFEO
¿Cómo dices que se abatió la tempestad sobre nuestras fuerzas navales por el rencor de las deidades y cómo acabó?
HERALDO
No es adecuado contaminar un día fausto con una lengua que anuncie malas noticias, que la honra debida a los dioses no es coincidente. Cuando un mensajero con el rostro triste lleva a una ciudad el odioso dolor de su ejército aniquilado —que una sola herida ha sufrido la ciudad entera, que de muchas casas han sido arrancados muchos guerreros por el doble látigo tan grato a Ares, calamidad de doble punta, yunta sangrienta—, cargado de tales dolores, es adecuado que entone un peán en honor de las Erinis. Pero el mensajero de buenas noticias sobre sucesos de salvación que llega a una ciudad que es próspera y feliz... ¿de qué manera mezclaré yo lo que es agradable con las desgracias, relatando la tempestad que no sin la ira de las deidades hubieron de sufrir los aqueos?
Sí, se conjuraron, a pesar de ser antes los más enemigos, el fuego y el mar, y, en prueba de fidelidad, destruyeron la desdichada escuadra griega. En plena noche se había levantado el infortunio de un oleaje cruel. Los vientos de Tracia destrozaban las naves unas contra otras. Y corneándose por la furia del tifón y la violenta acometida de la lluvia, fueron desapareciendo en el remolino que originaba ese mal pastor, y al elevarse el resplandeciente fulgor del sol, vemos que el mar Egeo está floreciente con los cadáveres de guerreros aqueos y restos de naves. A nosotros y a nuestra nave, con su casco intacto, la verdad es que un dios —no era ser humano— nos hurtó a la tormenta o rogó con súplicas nuestra salvación, luego de haber sujetado el timón. La diosa Fortuna salvadora, sintiendo amor por nuestra nave, fue sentada en ella, de modo que ni estando anclada pudiera sufrir violentos bandazos debido a las olas ni durante la travesía chocase con tierra rocosa. Luego de haber escapado del Hades marino, a lo largo del claro día, sin haber puesto aún nuestra confianza en la buena suerte, íbamos apacentando con el pensamiento el nuevo dolor de que la escuadra hubiera sufrido aquel desastre y de que hubiera quedado míseramente destrozada. Si ahora alguno de aquellos se encuentra vivo, dirá de nosotros que estamos muertos ¿cómo no? Y nosotros pensamos lo mismo de ellos. ¡Que llegue a ocurrir lo mejor!
Así que, en primer lugar y sobre todo, espera que venga Menelao. Si un rayo de sol va buscándolo vivo y aún con los ojos abiertos, con la ayuda de Zeus, que todavía no quiere aniquilar su estirpe, hay cierta esperanza de que a su morada regresará.
Luego de haber escuchado tan importantes noticias, sabe que estabas oyendo toda la verdad.
(Sale de escena.)
ESTÁSIMO II
CORO
Estrofa 1a
¿Quién le dio el nombre de Helena con absoluta verdad? ¿Acaso alguno a quien no vemos que con su previo conocimiento de lo dispuesto por el destino rige su lengua ajustada a esa suerte? Dio el nombre de Helena a la casada que fue disputada, que causó la guerra. Luego fue, de modo adecuado a su nombre, destructora de barcos, de hombres y pueblos, que abandonando la delicia y riqueza de sus cortinajes, se hizo a la mar bajo el soplo del Céfiro de la tierra nacido, y numerosos varones, cazadores armados de escudo, tras el rastro invisible de los remos, arribaron a las frondosas riberas del Simunte, debido a sangrienta Discordia.
Antistrofa 1a
La Ira que lleva a término sus sentimientos hizo que a Ilión llegara un bien llamado parentesco político y con él el dolor, haciendo pagar con el paso del tiempo y la ayuda de Zeus, defensor del hogar, la deshonra infligida a la mesa, a los que honraron impíamente la canción en honor de los novios, canto de bodas que entonces correspondió a los parientes cantar. Pero en su lugar fue aprendiendo otro himno la ciudad de Príamo venerable por su antigüedad, un himno abundante en lamentos que fue gimiendo a lo largo del tiempo, mientras a Paris llamaba «el del funesto lecho nupcial», destructor de todas las cosas, pues por su culpa soportó una vida de llanto por la infortunada sangre vertida de sus ciudadanos.
Estrofa 2a
Igual que cuando un hombre cría en su casa un cachorrillo de león no amamantado del todo y aficionado aún a la ubre materna, que en los comienzos de su vida es manso, trata con amor a los niños y sirve a los viejos de distracción —muchas veces alguien lo tiene en brazos como si fuera un niño de pecho, y él, mientras, dirige a la mano sus ojos brillantes moviendo la cola impulsado por su vientre vacío—.
Antistrofa 2a
Pero, luego que el tiempo pasa, demuestra el instinto que ha recibido de sus padres, y, a quienes lo criaron, les devuelve el favor con la calamidad de matar sus ovejas y se prepara un festín sin que nadie lo invite, con lo que la casa se inunda de sangre —dolor que no pueden sus habitantes combatir—, terrible azote causante de innúmeras muertes. Un sacerdote de la Ruina que un dios ha enviado es lo que ha sido criado en la casa.
Estrofa 3a
Podría decir que, al principio, a la ciudad de Troya llegó el espíritu de bonanza sin viento y el dulce ornato de la riqueza, el tierno dardo de la mirada, la flor del amor que muerde el corazón. Pero torció su camino y llevó a cabo la amarga consumación de la boda, la de funesta llegada y trato funesto para los hijos de Príamo, con la misión recibida de Zeus, protector de los huéspedes, una Erinis que hizo llorar a muchas esposas.
Antistrofa 3a
Hay acuñada una vieja sentencia dicha entre los hombres desde los tiempos más antiguos: «Cuando la prosperidad de un ser humano llega a ser grande, engendra hijos, no muere sin ellos, y de esa buena fortuna le brota a la estirpe insaciable miseria».
Pero, aparte de lo que otros digan, yo tengo mi opinión personal: la acción impía engendra después otras muchas que son semejantes a su propia casta, pues el destino de aquellas casas que se ajustan es el de tener hijos honrados.
Estrofa 4a
Mientras que una soberbia antigua suele engendrar una nueva soberbia más pronto o más tarde en los hombres malvados, cuando llega la hora fija del parto y una deidad contra la que no es posible combate ni guerra, la sacrílega temeridad de la ceguera, luctuosa para los mortales, semejante a sus padres.
Antistrofa 4a
Pero Justicia resplandece en las moradas manchadas de humo y honra al varón que tiene mesura; en cambio abandona, volviendo los ojos, las mansiones adornadas de oro con manos manchadas, y pasa adelante hacia las piadosas, sin sentir respeto por el poder de la riqueza, destacado por la alabanza, y lo conduce todo a su fin.
EPISODIO III
(Entran en escena, en un carro, Agamenón y Casandra. Los acompaña numeroso séquito.)
CORIFEO
¡Ea, mi Rey, conquistador de Troya, descendiente de Atreo! ¿Cómo debo yo saludarte?, ¿cómo rendirte honores sin propasarme ni quedarme corto en el homenaje que se te debe? Muchos mortales estiman las apariencias con preferencia a la realidad, y así la justicia conculcan.
A lamentarse con el fracasado está dispuesto todo el mundo, pero el mordisco de la pena no llega a tocar su corazón, y, al revés, se alegran con otros y adoptan un aire festivo, forzando sus rostros, en los que no hay una risa espontánea. Pero al que conoce bien su rebaño no se le ocultan las miradas de un hombre con apariencia de halagos procedentes de un corazón favorable, pero reveladoras de una amistad adulterada.
Cuando antaño tú preparabas la partida de la expedición por causa de Helena —no voy a ocultarlo— te me representabas de un modo muy alejado de la cultura y no rigiendo bien el timón de tu inteligencia, porque tratabas de darles ánimos a unos guerreros que estaban en trance de muerte por medio de sacrificios. Pero ahora, desde lo profundo de mi corazón y no sin cariño, me siento contento con quienes ya han dado fin a su esfuerzo.
Conocerás con el tiempo, si tú investigas, al ciudadano que con justicia vela por nuestra ciudad y al que lo hace de un modo que no es conveniente.
AGAMENÓN
En primer lugar, es justo que yo mi saludo dirija a Argos y a los dioses de nuestro país, mis colaboradores en nuestro regreso y en el castigo que impuse a la ciudad de Príamo, porque los dioses, sin escuchar defensas jurídicas dichas con la lengua, sin vacilaciones, en una urna ansiosa de sangre depositaron, sus votos en favor de que hombres murieran y de que fuera destruida Ilión. A la urna contraria, que no se llenaba, solo, se acercaba la esperanza que infundía la mano, y la ciudad, ya conquistada, aún ahora se distingue con facilidad por el humo. Solo viven allí torbellinos de ruina. Con dolorosa muerte, la ceniza despide densos vapores de riquezas.
Por esto debemos pagar a los dioses una gratitud que nunca se olvide, puesto que hicimos que nos pagaran el despreciativo rapto de Helena, y, por una mujer, el monstruo argivo —la cría del caballo, la tropa portadora de escudos—, que dio un salto enorme al ponerse las Pléyades, redujo a polvo una ciudad. Luego de haber saltado más allá de la torre un león carnicero, fue lamiendo la regia sangre hasta saciarse.
En honor de los dioses alargué este preludio.
En cuanto a tus sentimientos, tal cual los oigo en mi memoria los tengo anotados. Te digo lo mismo: tienes en mí un defensor.
A pocos hombres les es connatural el rendir honores sin sentir envidia al amigo que tiene suerte. Un veneno malévolo que se le agarra al corazón dobla el dolor del que ya tiene esa enfermedad. Se mortifica personalmente con sus propios padecimientos y gime al ver la dicha ajena. Como lo sé, lo puedo decir, pues conozco muy bien el espejismo del trato amistoso. Una imagen de sombra eran realmente quienes parecían serme leales. Tan solo Odiseo, precisamente el que se hacía a la mar mal de su grado, una vez uncido, era para mí un verdadero caballo amadrinado. Esto te lo digo de cualquiera, ya vivo, ya muerto.
Lo demás que concierne a la ciudad y a los dioses, luego que convoquemos debates públicos, en la asamblea general del pueblo lo decidiremos. Hay que ver el modo de que permanezca y dure mucho tiempo lo que está bien, mientras que en aquellos que se hacen precisos remedios o salutíferos, cauterizaremos o sajaremos con benevolencia e intentaremos alejar el daño de la enfermedad.
Cuando ahora haya entrado en mi palacio y morada, en el hogar familiar, alzaré primero mi mano en honor de los dioses que me enviaron lejos de aquí y aquí me trajeron de nuevo. ¡Ojalá que la victoria que me acompañó permanezca aquí para siempre!
(Sale a escena Clitemnestra acompañada de sirvientas que traen en sus manos ricos vestidos y una alfombra.)
CLITEMNESTRA
Varones de nuestra ciudad, prez de los argivos, ninguna vergüenza voy a sentir de deciros cómo amo a mi esposo. Con los años pierde la timidez el ser humano.
No voy a contarte algo aprendido de otras personas, sino las penas de mi propia vida, mientras él estaba al pie de Ilión.
En primer lugar, que una mujer se quede en su casa, lejos de su hombre, es una terrible desgracia. Oye continuamente rumores malignos: apenas ha llegado uno cuando otro trae un sufrimiento más grave que el anterior, todos diciendo a gritos desgracias para su casa. Si mi marido hubiera recibido tantas heridas como los rumores traían a casa, tendría más agujeros, puede decirse, que tiene una red. Y, si hubiera muerto como propagaban las habladurías, sería un segundo Gerión de tres cuerpos y podría presumir de haber recibido un triple cobertor de tierra, abundante por encima de él, pues no me refiero a la de abajo, luego de haber muerto una vez por cada una de sus tres formas. Por esta clase de cuentos malintencionados, otras personas, a la fuerza, soltaron numerosos nudos corredizos colgados del techo cuando ya mi garganta apretaban. Esa es la causa de que nuestro hijo no esté aquí a mi lado, como debiera, Orestes, prenda de nuestra mutua fidelidad. No extrañes eso. Lo está criando un huésped aliado que hacia nosotros está bien dispuesto, Estrofio el foceo, que me hizo comprender la posibilidad de un doble dolor: tu riesgo al pie de los muros de Ilión y si una clamorosa revuelta del pueblo derribara al Consejo, según lo que es connatural a los mortales: pisotear al que ya está caído. En realidad, semejante excusa no encierra engaño.
Las fuentes del llanto que otrora manaban como torrentes, se me han secado. Ya no me queda ni una sola gota. Tengo enfermos mis ojos de acostarme al amanecer, por pasarme la noche llorando el que la antorcha que me había de anunciar tu regreso jamás se encendiera. De mis sueños me despertaba con el leve vuelo de un rumoroso mosquito, mientras veía en mis pesadillas en torno a ti un mayor número de sufrimientos de los que cabía en el tiempo que estaba dormida.
Ahora ya, después de haber soportado todos esos dolores, con el corazón libre de angustia, puedo llamarle a este hombre perro guardián de los establos, cable salvador de la nave, firme columna de un alto techo, único hijo que tiene un padre, arroyo que brota de un manantial para el caminante sediento, y tierra que contra toda esperanza aparece a la vista de unos navegantes, día el más bello de contemplar tras la tormenta. Es dulce escapar de cualquier cosa que se ha sufrido sin poder evitarla. De estos nombres lo estimo digno. ¡Que la envidia permanezca lejos de él!, que muchos han sido los males pasados que hemos venido soportando.
Ahora, mi esposo querido, desciende ya de este carro sin poner en el suelo tu pie, soberano destructor de Ilión.
Esclavas, ¿por qué demoráis dar cumplimiento a la orden que se os ha dado de alfombrar el suelo por donde ha de pisar? ¡Que quede al momento el camino cubierto de púrpura, para que Justicia lo lleve a una mansión inesperada! Lo demás que el destino tiene ya decretado, lo hará, como es justo, con la ayuda de las deidades mi pensamiento, que nunca fue vencido del sueño.
AGAMENÓN
Descendiente de Leda, guardián de mi palacio, has hablado de modo semejante a mi ausencia, pues largamente te has extendido. Pero, en lo concerniente a alabarme de forma adecuada, ese honor debe venir de otras personas. Por lo demás, no me trates con esa molicie, con modos que son apropiados para una mujer, ni, como si fuera un hombre bárbaro, abras tu boca con aclamaciones con la rodilla en tierra en mi honor, ni provoques la envidia tapizando de alfombras mi senda. Con eso solo a los dioses se debe rendir honor, que a mí no deja de darme miedo, siendo solo un mortal, caminar sobre esa belleza bordada. Quiero decirte que, como a un hombre, no como a un dios, me des honores. Sin necesidad de alfombras ni bordados, mi fama grita, y el tener sentimientos sensatos es el máximo don de la deidad. Hay que estimar hombre dichoso solo al que ha acabado su vida con una grata prosperidad. Yo tendría seguridad de conseguirlo, si en todo me fuera bien como hasta ahora.
CLITEMNESTRA
Pues bien, dime una cosa sin disimular tu pensamiento.
AGAMENÓN
Sábelo bien: no voy a falsear lo que yo piense.
CLITEMNESTRA
¿Hubieras tú hecho a los dioses una promesa, de haber sentido algún temor, de hacer esto así?
AGAMENÓN
Desde luego, si alguien que bien lo hubiera sabido me hubiera explicado este rito.
CLITEMNESTRA
¿Qué te parece que hubiera hecho Príamo, si este triunfo hubiera logrado?
AGAMENÓN
Estoy seguro de que hubiera marchado sobre bordados.
CLITEMNESTRA
No respetes, entonces, la humana censura.
AGAMENÓN
Tiene, no obstante, mucho poder la voz del pueblo.
CLITEMNESTRA
No es afortunado aquel a quien nadie envidia.
AGAMENÓN
No es propio de una mujer estar deseosa de discusión.
CLITEMNESTRA
También le está bien al dichoso dejarse vencer.
AGAMENÓN
¿Tanto estimas tú la victoria en esta disputa?
CLITEMNESTRA
Hazme caso concédeme de buen grado el triunfo.
AGAMENÓN
Si así te parece, que alguien me quite al momento el calzado que hace el oficio de esclavo para mis pisadas, ¡y ojalá que al pisar esta púrpura no me alcance de lejos la envidia de la mirada de las deidades! Siento mucha vergüenza de arruinar el palacio al destrozar con los pies la riqueza y los tejidos comprados a fuerza de plata. Sea, en fin, esto así.
(Señalando a Casandra.) Acoge en palacio benévolamente a esta extranjera, que con agrado mira la deidad desde lejos al que ejerce el poder con benignidad, porque nadie lleva por su gusto el yugo de la esclavitud. Ella, como flor escogida de entre muchas riquezas, un regalo que me ha hecho el ejército, ha venido conmigo.
Pero, ya que me he visto obligado a hacerte caso en esto, voy a entrar en palacio pisando la púrpura.
(Agamenón baja del carro y se dirige al palacio.)
CLITEMNESTRA
Existe el mar —¿quién lo agotará?—, que cría un chorro siempre renovado de abundante púrpura, valiosa cual plata, que sirve de tinte para los vestidos; y además nuestra casa, señor, tiene eso de sobra, gracias a los dioses, que el palacio no está acostumbrado a carecer de nada.
Yo hubiera hecho la promesa de pisotear numerosos vestidos, si me lo hubiera prescrito el profético templo, cuando andaba buscando el medio de rescatar tu vida, pues mientras tiene vida la raíz, llega hasta la casa el follaje y extiende su sombra protectora contra la canícula. Del mismo modo, al llegar tú al hogar del palacio, significa que vino el calor en pleno invierno, y en el tiempo en que Zeus va madurando el mosto en las uvas agraces, si un marido en pleno vigor frecuenta la casa, con él entra ya entonces en ella el aire fresco.
(Tan pronto como Agamenón ha entrado en el palacio, Clitemnestra dice:)
¡Zeus, Zeus, deidad sin quien nada se cumple, haz que se cumplan mis plegarias! ¡Ojalá te preocupes realmente de eso a que vas a dar fin!
(Clitemnestra entra en el palacio. Queda abierta la puerta.)
ESTÁSIMO III
CORO
Estrofa 1a
¿Por qué este terror revolotea con persistencia y se pone delante de mi corazón que presiente el futuro?
Mi canción vaticina sin que nadie se lo haya mandado ni le haya pagado por ello, pues no toma asiento en el trono de mi corazón un atrevimiento que impulse a escupir cual si se tratara de sueños de difícil interpretación.
Ha envejecido el tiempo desde que, recogidos los cables de las amarras llenos de arena, hasta los muros de Ilión se dirigió el ejército a bordo de naves.
Antistrofa 1a
Me he enterado por mis propios ojos de su regreso. Por mí mismo soy de ello testigo. Y sin embargo, mi corazón, sin ayuda de lira, canta por dentro el fúnebre canto de Erinis, sin que nadie se lo haya enseñado, sin tener ya valor para abrigar alguna esperanza.
No hablan en vano mis sentimientos junto a mi alma justiciera, corazón que se agita girando dentro de círculos que se cierran.
Ruego que todo ello sea falso y que sin que ocurra lo que yo temo, caiga allá donde no llegue a cumplirse.
Estrofa 2a
No puede lograrse del todo el más alto grado de una muy robusta salud, porque, vecina, pared por medio, siempre la ataca la enfermedad; y, cuando el destino de un hombre sigue derecho su camino, «con repentina mala fortuna» choca contra un escollo que no se veía.
Y, si en lugar de la riqueza acumulada, solo una parte arroja al mar, midiendo bien lo que se tira, no se derrumba toda la casa, aunque en exceso esté llena hasta rebosar, ni se va a pique el barco.
El don abundante que viene de Zeus y la cosecha obtenida de campos que se laboran año tras año son suficientes para matar la plaga del hambre.
Antistrofa 2a
Pero, ante todo, la negra sangre caída a tierra de una sola vez con la muerte de un hombre ¿quién podrá volver a llamarla a la vida mediante ensalmos? Ni siquiera aquel que aprendió a resucitarla de entre los muertos, pues Zeus hizo que dejase de hacerlo para evitar el daño.
Pero si un destino que ya está fijado no impidiera que otro destino decretado por las deidades le saque ventaja, mi corazón se adelantaría a mi lengua para expresar esos sentimientos: pero ahora brama en las tinieblas, afligido y sin esperanza de que algún día vaya a devanar de su enardecido pensamiento algún consejo favorable.
EPISODIO IV
(Sale Clitemnestra del palacio.)
CLITEMNESTRA
Entra también tú —me refiero a Casandra—. Puesto que Zeus, con benevolencia, te ha hecho partícipe de las abluciones en nuestra morada, puesta en pie en compañía de muchos esclavos junto al altar protector de nuestra riqueza, baja de ese carro y no seas demasiado orgullosa. Cuentan que también el hijo de Alcmena fue vendido en cierta ocasión y soportó como medio de vida el pan de la esclavitud. Si la inevitable necesidad inclina la balanza hacia esa triste suerte, es ventajoso tener amos ricos de mucho tiempo. Por el contrario, quienes sin jamás esperarlo tienen una cosecha abundante, son crueles para sus esclavos en todo y más allá del nivel adecuado. De nosotros obtienes lo que está establecido por la costumbre.
CORIFEO
(A Casandra.) Acaba de decirte unas razones claras, y puesto que has sido atrapada en el interior de redes fatales, tú podrías obedecerle, si te dejaras persuadir; pero tal vez desobedezcas.
CLITEMNESTRA
Si no es desconocida y bárbara su lengua, como de golondrina, la voy a persuadir, diciéndole razones que penetrarán en su inteligencia.
CORIFEO
(A Casandra.) Síguela. Te dice lo mejor en estas circunstancias. Abandona ese asiento del carro.
CLITEMNESTRA
No dispongo de tiempo para perderlo con esta mujer aquí fuera, pues en el centro del hogar ya están las ovejas para ser degolladas y puestas al fuego del sacrificio, cual deben hacer quienes nunca esperaron que tendrían esta alegría.
Así que, si tú vas a tomar parte en ello, no lo demores. Pero, si no entiendes el significado de mis palabras por no comprender nuestra lengua, en lugar de hacerlo mediante lenguaje, explícalo con señas de tu mano extranjera.
CORIFEO
Tengo la impresión de que la extranjera necesita un intérprete que se lo explique con claridad. Su aspecto es como el de una fiera recién atrapada.
CLITEMNESTRA
Sin duda está furiosa y solo le presta atención a sus insanos pensamientos, pues llega aquí luego de haber dejado tras ella una ciudad recién conquistada y no sabe aún soportar el freno sin que su rabia arroje espuma sanguinolenta. No voy a rebajarme dirigiéndole más la palabra.
(Clitemnestra entra en palacio y deja abierta la puerta.)
CORIFEO
En cambio yo, como la compadezco, no voy a irritarme con ella.
Ve, desdichada, abandona ese carro. Cede ante la inevitable necesidad y acepta tu reciente yugo.
Commós
Estrofa 1a
CASANDRA
¡Ay de mil ¡Dioses! ¡Horror! ¡Oh Apolo, Apolo!
CORIFEO
¿Por qué has invocado a Loxias? No es su naturaleza adecuada a acudir al encuentro de quienes lloran.
Antistrofa 1a
CASANDRA
¡Ay de mí! ¡Dioses! ¡Horror! ¡Oh Apolo, Apolo!
CORIFEO
De nuevo esta invoca con palabras del mal augurio al dios al que no corresponde presentarse en lugares donde haya gemidos.
Estrofa 2a
CASANDRA
¡Oh Apolo, Apolo! ¡Divinidad de los caminos, mi destructor, pues me has destruido sin sentir pena por segunda vez!
CORIFEO
Parece que va a vaticinar sobre sus propias desgracias. La inspiración divina permanece en su mente, aun siendo esclava.
Antistrofa 2a
CASANDRA
¡Oh Apolo, Apolo! ¡Divinidad de los caminos, mi destructor! ¿Adónde, adónde me has traído? ¿A qué clase de casa?
CORIFEO
A la de los Atridas. Si no te das cuenta de ello, yo te lo digo, y no dirás que esto es mentira.
Estrofa 3a
CASANDRA
¡Ah, ah! ¡Sí! ¡A una casa que odian los dioses, testigo de innúmeros crímenes en los que se asesinan parientes, se cortan cabezas, a una casa que es matadero de hombres y a un solar empapado de sangre!
CORIFEO
La extranjera parece tener buen olfato, como si fuera una perra de caza, y sigue una pista en la que hallará un asesinato.
Antistrofa 3a
CASANDRA
Sí; me baso en estos testimonios: esos niños de corta edad que lloran su degüello y sus carnes asadas devoradas por su propio padre.
CORIFEO
Ya conocíamos tu fama como profetisa, pero no andamos buscando adivinos.
Estrofa 4a
CASANDRA
¡Dioses! ¿Qué se está preparando? ¿Qué dolor nuevo es este? ¡Desmedido, desmedido crimen se está tramando en este palacio! ¡Crimen insoportable para los amigos, crimen irremediable! ¡Y quien podría ayudar está lejos!
CORIFEO
No comprendo nada de esos vaticinios. En cambio, entendí los anteriores: era lo que dice a voces toda la ciudad.
Antistrofa 4a
CASANDRA
¡Miserable!, ¿vas a llevar a cabo eso? ¿Después de lavar en el baño al marido que compartía su lecho contigo...? ¿Cómo diré el final? ¡Pronto va a ocurrir! ¡Extiende su brazo con la mano ansiosa de herir!
CORIFEO
Todavía no lo he comprendido. Por ahora estoy aturdido con los enigmas de esos oscuros oráculos.
Estrofa 5a
CASANDRA
¡Ah, horror, horror! ¿Qué veo aquí? ¿Una red, acaso, de Hades? ¡Pero la trampa es la que el lecho con él compartía y ahora comparte la culpa del asesinato! ¡Que la discordia insaciable con esta estirpe lance ya su grito triunfal por un sacrificio abominable!
CORO
¿A qué clase de Erinis apremias a gritar de alegría en palacio? De repente ha venido a mi corazón una gota de pálida sangre, la misma que acude a los ojos de una vida que va agonizando, cuando es abatida por la lanza y rápida viene la muerte.
Antistrofa 5a
CASANDRA
¡Eh, eh! ¡Mira ahí! ¡Mira ahí! ¡Aparta el toro de la vaca! ¡Lo ha cogido dentro de los vestidos con la astucia de sus negros cuernos y lo está corneando! ¡Ya está cayendo en la bañera llena de agua! ¡Te estoy contando la mala fortuna de un baño que ha dado la muerte a traición!
CORO
No puedo yo presumir de ser eminente conocedor de profecías, pero de eso que dices deduzco alguna desgracia. ¡Qué palabra de dicha viene jamás de los presagios a los mortales? Por los males que ya se han sufrido, el arte abundante en palabras de los adivinos, lo único que hace aprender es el miedo que inspira.
Estrofa 6a
CASANDRA
¡Ay, ay de mí, desgraciada! ¡Infausto destino! ¡Anuncio que colma la copa de mi propio infortunio! ¿Para qué me trajiste aquí —¡desgraciada de mí!—, sino a acompañar a otro en la muerte? ¿A qué, si no?
CORO
Tienes la mente delirante, posesa por la deidad, y por ti misma gritas un canto desprovisto de melodía, igual que el pajizo ruiseñor, insaciable de trinos —¡ay!— con desdichado corazón, gime «Itis», «Itis» a lo largo de todo un destino florido de males.
Antistrofa 6a
CASANDRA
¡Ay! ¡Ay vida envidiable del ruiseñor canoro! Le han otorgado los dioses un cuerpo dotado de alas y una dulce vida sin lágrimas. En cambio, a mí solo me espera que me rajen con una espada de doble filo.
CORO
¿De dónde sacas esas funestas desgracias que te asaltan con violencia bajo la inspiración de alguna deidad? ¿Por qué esos presagios horrendos cantas con ritmo, con lúgubres gritos y tonos agudos? ¿De dónde conoces en tu profético camino los hitos que indican desastres?
Estrofa 7a
CASANDRA
¡Ay bodas, bodas de Paris, causa de muerte de los tuyos! ¡Ay río Escamandro en el que mi patria bebía! ¡En otro tiempo — ¡ay, desdichada!— en tus riberas yo me criaba con alegría! ¡Ahora, en cambio, parece que pronto vaticinaré junto al Cocito y las orillas del Aqueronte!
CORO
¿Por qué has pronunciado con tan excesiva claridad este vaticinio? Un recién nacido que lo escuchara podría entenderlo.
Herido me siento por el mordisco asesino de tu mala fortuna, cuando gritas con voz plañidera. Oírte es para mí quedar destrozado.
Antistrofa 7a
CASANDRA
¡Oh penas, penas de mi ciudad enteramente destruida! ¡Ay de los sacrificios que con la intención de salvar las torres ofrecía a menudo mi padre de entre los ganados que en nuestros ricos prados pacían!
¡Ningún remedio fue suficiente para evitar, como hubiera debido, que padeciera la ciudad! ¡Y yo, con mi alma fogosa, pronto a tierra voy a caer!
CORO
Has profetizado en concordancia con lo anterior. Alguna maligna deidad que cae sobre ti gravitando en exceso te hace cantar sufrimientos de muerte que arrancan gemidos. Pero estoy confuso, sin saber el fin que esto tendrá.
CASANDRA
Bien. Mi oráculo no va a mirar ya detrás de los velos, como una novia recién casada. Al contrario, parece que va a soplar con claridad y a llegar hasta el sol ascendente, de modo que, cual oleaje, hasta los rayos del sol puede arrastrar en su corriente un sufrimiento mucho mayor que el que te he dicho.
Te lo voy a explicar ya sin enigmas. Sedme testigos de que, sin desviarme, sigo la pista de los antiguos crímenes.
Sí; nunca abandonará esta morada un coro acorde de voces horrendas que no habla de dicha.
Sí; sangre humana ha bebido hasta el punto de cobrar más audacia, y aguarda en la casa esa delirante tropa —difícil este palacio, cantan un himno a aquel crimen con que todo empezó; pero a su vez también escupieron sobre la cama del hermano, furiosas con el que la hollaba.
¿He errado el tiro o doy en la pieza como un buen arquero? ¿Soy, acaso, una falsa adivina charlatana que llama a la puerta? Jura y da testimonio verbal de que conozco las culpas antiguas de este palacio.
CORIFEO
¿De qué manera la solidez de un juramento que con nobleza se afirmara podría llegar a ser saludable? Pero te admiro, porque, criada allende la mar, hablas de una ciudad, para ti extraña, como si hubieras vivido en ella.
CASANDRA
Apolo, dios de la profecía, me encomendó el cumplimiento de este servicio.
CORIFEO
¿Acaso fue herido, a pesar de ser dios, por deseo amoroso?
CASANDRA
Yo tenía antes pudor de hablar de estas cosas.
CORIFEO
¡Claro! Todo el mundo es más delicado, cuando es feliz.
CASANDRA
¡Bien que luchó para conseguirme, suspirando de amor por mí!
CORIFEO
¿Y llegasteis a compartir la acción de engendrar?
CASANDRA
Luego de haber consentido, no le cumplí mi palabra a Loxias.
CORIFEO
¿Estabas ya entonces posesa por el arte adivinatoria?
CASANDRA
Ya venía yo vaticinando todos los sufrimientos a los ciudadanos.
CORIFEO
¿Cómo, entonces, quedaste indemne de la ira de Loxias?
CASANDRA
Por haber cometido esta falta, ya no convenzo a nadie de nada.
CORIFEO
Nos parece, no obstante, que haces vaticinios dignos de creerse.
CASANDRA
¡Ay, ay! ¡Oh, qué desgracia! ¡De nuevo el terrible esfuerzo de la certera adivinación me agita y me turba con sus preludios, con sus siniestros preludios!
¡Mirad a esos, a esos niños que están junto a la casa semejante a sombras de sueños! ¡Como si fueran niños asesinados por sus parientes, con las manos llenas de carne —alimento que es su propio cuerpo—, se ve que sostienen intestinos y entrañas —una carga digna de piedad— de lo que comió su propio padre!
Afirmo que alguno —un león cobarde que está revolcándose en su lecho y guarda el palacio— está meditando la venganza de esto —¡ay de mí!— contra el que está recién venido, mi señor— que debo yo soportar el yugo de la esclavitud—. Y el que fue jefe de la escuadra y destructor de Ilión no sabe qué clase de acciones preparará, al modo de una Até traidora, para su desventura, la alegre lengua de la odiosa perra que ha hablado con tal profusión. Estas son las acciones que osa: ¡una hembra es la asesina del macho! ¿Con qué nombre de odioso monstruo que yo la llamase podría acertar? ¿Acaso anfisbena? ¿O una Escila que habita en las rocas, ruina de los navegantes? ¿Madre que salta con furia del Hades y exhala contra los suyos un Ares sin tregua? ¡Cómo alzó la osada el grito de triunfo como en el momento de la victoria en una batalla! ¡Y parece que se alegrara de que él haya vuelto sano y salvo!
Es igual, si yo no os convenzo de nada de esto. ¿Qué importa? El futuro vendrá, y tú, presente en él, pronto dirás de mí, llena de compasión, que soy una adivina demasiado verídica.
CORIFEO
He comprendido lo referente al banquete de Tiestes con las infantiles carnes de sus hijos, y me he estremecido.
Me domina el miedo, cuando te oigo decir verdades sin representarlas mediante imágenes.
En lo demás que yo te he oído, me he caído y corro fuera de la pista.
CASANDRA
Digo que tú vas a ver la muerte de Agamenón.
CORIFEO
¡Di solo palabras de buen augurio! ¡Desdichada, deja en reposo tu boca!
CASANDRA
No es precisamente alguien que cure el que preside esas palabras.
CORIFEO
No, si ocurriera. ¡Pero ojalá que de ninguna manera suceda!
CASANDRA
Mientras tú haces plegarias, ellos se ocupan de matar.
CORIFEO
¿Qué varón es el que en propio interés está preparando ese dolor?
CASANDRA
¡Muy lejos estás de entender mis oráculos!
CORIFEO
Es que no he entendido con qué recursos cuenta el autor.
CASANDRA
¡Pues bien que hablo yo la lengua griega!
CORIFEO
¡También la hablan los oráculos délficos y, sin embargo, es difícil su interpretación!
CASANDRA
¡Ay, ay! ¡Qué fuego! ¡Penetra mi ser! ¡Oh Apolo Licio, ay, ay de mí! ¡Esta leona de dos pies, que con un lobo se acuesta en ausencia del noble león, me va a matar! ¡Desgraciada de mí! ¡Como si preparara un veneno, en la vasija de su rencor pondrá también lo que él debe por mí! ¡Mientras afila el puñal contra el marido, se está jactando de que va a hacerle pagar con la muerte el haberme traído!
¿Por qué, entonces, debo tener lo que para mí constituye un escarnio?: el cetro y, en torno a mi cuello, las guirnaldas de profetisa. ¡Voy a destruiros antes de mi muerte!
(Hace lo que ha dicho.) ¡Malditos seáis! ¡Cuando ya estéis caídos en tierra, tendré mi venganza! ¡Enriqueced de ruina a otra cualquiera en mi lugar! ¡Mirad, el propio Apolo me está desnudando de mi veste de profetisa, porque ha visto que con toda certeza sin motivo alguno soy objeto de burla, en compañía de mis amigos, por parte de mis enemigos!
Ya venía yo soportando que me llamaran vagabunda, como a una pobre, infeliz mendiga muerta de hambre. ¡Y ahora el adivino que me hizo adivina me ha conducido a este terrible infortunio mortal! En lugar del altar de mis abuelos me espera el tajo del verdugo, que quedará ensangrentado con la sangre caliente de mi degüello.
Pero no moriremos sin que los dioses tomen venganza por nosotros, pues otro vengador nuestro vendrá a su vez, un vástago matricida, que tomará por su padre venganza. Desterrado, errante, expatriado de este país, regresará para dar cima a esas iniquidades de su familia. Un poderoso juramento han hecho los dioses: lo traerá la plegaria de su padre muerto. ¿Por qué he de gemir y sentir por mí compasión? Puesto que primero vi terminar como terminó la ciudad de Troya, y a quien la tomó llegar de este modo a su fin por decisión de los dioses, voy a tomar la iniciativa y a entrar en la casa. Tendré valor para morir.
En estas puertas yo saludo al Hades y le suplico recibir un golpe certero, para que, mientras fluye la sangre trayéndome la muerte con facilidad, cerrar mis ojos sin convulsiones.
CORIFEO
¡Oh mujer muy desdichada y muy sabia también, largamente te has extendido! Pero, si de verdad conoces tu propia muerte, ¿cómo, igual que una vaca impulsada por una deidad, marchas al altar con tal valentía?
CASANDRA
No hay escapatoria, extranjeros. Ya no navego yo por el tiempo.
CORIFEO
Pero es de importancia primordial el último día de una vida.
CASANDRA
Ya llega ese día. Poco provecho sacaré con la huida.
CORIFEO
Ten por seguro que estás soportándolo con alma valiente.
CASANDRA
Nadie que sea feliz oye esos elogios.
CORIFEO
Pero es grato al mortal morir con buena fama.
(Casandra se aproxima a la puerta y retrocede bruscamente.)
CASANDRA
¡Ay de ti, padre, y de tus nobles hijos!
CORIFEO
¿Qué sucede? ¿Qué terror te impulsa a retroceder?
CASANDRA
¡Quita! ¡Quita!
CORIFEO
¿A qué esa expresión de rechazo, si no se debe a algún horror que exista en tu mente?
CASANDRA
La casa exhala muerte que chorrea sangre.
CORIFEO
¿Cómo puede ser eso? Huele a los sacrificios que están haciéndose en el hogar.
CASANDRA
Es un hedor semejante al que procede de un sepulcro.
CORIFEO
No es precisamente incienso de Siria lo que atribuyes al palacio.
CASANDRA
¡Ea! Voy a llorar dentro del palacio mi muerte y la de Agamenón. ¡Basta de vivir!
¡Ay, extranjeros! No gimo de miedo como un pajarillo en un matorral, sino para que, una vez muerta, seáis mis testigos cuando una mujer muera en compensación de mi muerte y un hombre caiga para pagar la muerte de un hombre que tuvo una esposa perversa. Como voy a morir, os pido este don de hospitalidad.
CORIFEO
¡Oh desdichada, te compadezco por esa tu muerte profetizada!
CASANDRA
Por solo una vez más, quiero decir unas palabras o un fúnebre canto por mí misma: ante esta luz del sol, la última que veo, ruego a mis vengadores que hagan pagar a la vez su pena a mis asesinos por esta esclava muerta, por este fácil crimen.
¡Ay de las empresas de los hombres mortales! Cuando van bien, se pueden comparar a una sombra; y, si van mal, con aplicar una esponja mojada se borra el dibujo. Esto, mucho más que aquello me inspira compasión.
(Casandra entra en palacio.)
ESTÁSIMO IV
CORO
Es condición natural de todo mortal no hartarse de prosperidad. Nadie que habite en una casa, por grande que sea, le impide pasar, diciéndole: «No entres aquí».
A este le concedieron los felices conquistar la ciudad de Príamo, y llega a su casa honrado por los dioses. Si ahora paga la sangre de anteriores víctimas y, a los que murieron, les paga, ya muerto, la pena debida por las otras muertes, ¿qué mortal que esto oyera podría jactarse de haber nacido con un destino libre de daño?
(Se oye gritar dentro.)
AGAMENÓN
¡Ay de mí! ¡Me han herido de un golpe mortal en las entrañas!
CORIFEO
¡Calla! ¿Quién grita, herido de un golpe de muerte?
AGAMENÓN
¡Ay de mí nuevamente! ¡Me han herido otra vez!
CORIFEO
Por los gritos de dolor del Rey, me parece que el crimen ya se ha ejecutado. Deliberemos entre todos por si de algún modo hubiera decisiones seguras.
—Os digo mi opinión: hacer correr la voz entre los ciudadanos, para que acudan aquí, a palacio.
—Pero a mí me parece que, cuanto antes, caigamos sobre ellos y les probemos su crimen con el puñal chorreando sangre recién vertida.
—Yo soy de la misma opinión y votaré por hacer algo. No es momento de andar con demoras.
—Está visible, pues su preludio es como si dieran indicios de tiranía para la ciudad.
—Pues estamos perdiendo el tiempo, mientras, en el suelo, ellos pisotean nuestra fama de vacilantes y no se duermen en la acción.
—No sé; se me ha ocurrido un consejo que digo: es también propio del que hace algo el meditar acerca de ello.
—También yo pienso así, porque difícilmente podemos resucitar con palabras al muerto.
—¿Acaso, por alargar nuestra vida, vamos a ceder ante esos cabecillas que son la deshonra del palacio?
—¡Intolerable! Prefiero morir. Más dulce es la muerte que la tiranía.
—¿Por solo unos indicios de gemidos vamos a ser adivinos de la muerte de nuestro Rey?
—Debemos hablar de ello, cuando estemos seguros. Dista mucho el hacer conjeturas de saberlo con claridad.
(Los coreutas hacen signos de aprobación.)
—Me pongo de parte de la mayoría, que por todos lados hace signos de aprobación a esa propuesta: saber con claridad cómo se encuentra el Atrida.
(Cuando el Coro se dispone a entrar en el palacio, se abre la puerta de par en par. Se ven los cadáveres de Agamenón y Casandra. Clitemnestra sale a escena.)
CLITEMNESTRA
No sentiré vergüenza de decir lo contrario de lo que he dicho antes según era oportuno, pues, al andar tramando acciones hostiles contra unos enemigos que tienen la apariencia de ser amigos, ¿cómo se les podría tender una trampa con mayor altura que la medida de su salto? Sí. Con el tiempo acabó por llegarme este combate que yo tenía meditado de antiguo, debido a una vieja querella.
Aquí estoy en pie, donde yo he herido, junto a lo que ya está realizado. Lo hice de modo —no voy a negarlo— que no pudiera evitar la muerte ni defenderse. Lo envolví en una red inextricable, como para peces: un suntuoso manto pérfido. Dos veces lo herí, y con dos gemidos dobló sus rodillas. Una vez caído, le di el tercer golpe, como ofrenda de gracias al Zeus subterráneo salvador de los muertos. De esta manera, una vez caído, fue perdiendo el calor de su corazón y exhalando en su aliento con ímpetu la sangre al brotar del degüello. Me salpicaron las negras gotas del sangriento rocío, y no me puse menos alegre que la sementera del trigo cuando empieza a brotar con la lluvia que Zeus concede.
Así están las cosas, venerable asamblea de argivos aquí presente. Podéis alegraros, si esto os causa alegría, que yo me glorío. Si estuviera bien y se pudieran hacer libaciones por un cadáver, aquí sería justo, más que justo, en verdad. ¡Tan graves son los malditos crímenes de que este en casa llenó la crátera que él personalmente ha apurado al volver!
CORIFEO
¡Nos asombra tu lengua! ¡Cuán audaz al jactarte con ese lenguaje junto al cadáver de tu marido!
CLITEMNESTRA
Intentáis sorprenderme, como si yo fuera una mujer irreflexiva. Pero yo os hablo con intrépido corazón —lo sabéis muy bien—, me da igual que quieras elogiarme o censurarme. Este es Agamenón, mi esposo, pero cadáver. Obra es ello de esta diestra mano, un justo artífice. Esto es así.
Estrofa 1a
CORO
¿Qué mala hierba nacida de la tierra, dulce de comer, has probado, mujer? ¿O qué bebida salida del mar ondulante, para que te hayas puesto a este sacrificio y despreciado las maldiciones que gritará el pueblo? Tú has cortado, ¡pero serás un ser sin ciudad, objeto de odio implacable para los ciudadanos!
CLITEMNESTRA
Dictas ahora como sentencia mi destierro de la ciudad, el odio de los ciudadanos y maldiciones a gritos del pueblo; pero no te enfrentaste antaño a este hombre que, sin darle importancia, como si se tratara de matar una res entre los rebaños de hermoso vellón, cuando superabundan las ovejas, sacrificó a su propia hija, mi parto más querido, como remedio contra los vientos de Tracia. ¿No hubieras debido desterrar a ese de este país en expiación de su crimen?
En cambio, al oír mis acciones, eres un juez severo. Pero te digo que así me amenaces, porque de igual modo estoy preparada para que impongas sobre mí tu poder, si llegas a vencer con tu brazo. Pero si la deidad decide lo contrario, vas a aprender, aunque tarde, a ser prudente, porque voy a enseñártelo.
Antistrofa 1a
CORO
Eres de alma altanera y has hablado con arrogancia. Tu mente ha enloquecido con este suceso que mancha la sangre de un asesinato. Sobre tus ojos destaca el fluir de la sangre. Necesario es que ya, privada de amigos, pagues represalias, golpe por golpe.
CLITEMNESTRA
También vas a oír el veredicto de mi juramento: ¡Por Justicia —la vengadora de mi hija— por Até y Erinis, en cuyo honor degollé a ese, no abrigues la esperanza de que el miedo vaya a poner su pie en mi palacio, mientras encienda el fuego en mi hogar Egisto bien dispuesto hacia mí como antes, pues es para mí un no pequeño escudo de valor!
Ahí yace el ofensor de esta esposa, el deleite de las Criseidas al pie de Ilión, y también esta prisionera, su adivina y compañera de lecho, profetisa que con él compartía fielmente su cama, pero que frecuentaba igualmente los bancos de los marineros.
Ninguno de los dos se salió con la suya en la impunidad. Él, de este modo, y ella, tras cantar como un cisne el lamento postrero de muerte, yace a su lado como su amante; y me ha traído un condimento para dulzura de mi lecho.
Commós
Estrofa 2a
CORO
¡Ay! ¿Qué muerte, sin mucho dolor ni guardar cama, podría venir sobre nosotros con rapidez y producirnos el sueño eterno que nunca se acaba, puesto que ha sucumbido mi benévolo protector, tras haber soportado muchas fatigas por culpa de una mujer? ¡Y a manos de una mujer ha perdido la vida!
¡Ay, loca Helena! ¡Tú sola hiciste que perecieran muchas vidas, muchísimas vidas al pie de Troya!
¡Y ahora te has adornado con una postrera corona de eterna memoria por una sangre que nunca podrá ser lavada!
¡Sí, entonces estaba adherida con fuerza a esta casa Discordia, que consigo traía la ruina de los varones!
CLITEMNESTRA
No impreques destino de muerte con la pesadumbre que esto te causa, ni desvíes contra Helena tu ira, alegando que fue destructora de hombres y que, al hacer perecer ella sola las vidas de numerosos varones, produjo un dolor sin posible calmante.
Antistrofa 2a
CORO
¡Espíritu maligno que caíste sobre esta casa y sobre los dos descendientes de Tántalo, concediste vigor a la fuerza de idéntico temple que, procedente de dos mujeres, me muerde el corazón!
Puesta sobre el cadáver como odioso cuervo, se jacta de entonar un himno monstruoso.
CLITEMNESTRA
Ahora sí enderezaste la sentencia, que anteriormente tu boca expresara, invocando al espíritu malo, engordado tres veces, de esta familia, porque de él se alimenta en el vientre esta pasión lamedora de sangre: antes de haber cesado el antiguo dolor se derrama de nuevo otra sangre.
Estrofa 3a
CORO
Sí. Das tu asentimiento a la existencia en este palacio de una poderosa deidad malicia inspiradora de terrible rencor —¡ay, ay!—, ¡triste asentimiento a una funesta fortuna insaciable —¡ay, dolor!— recibida de Zeus, causante y artífice de todas las cosas! ¿Pues qué les ocurre a los hombres mortales sin Zeus? ¿Qué desgracia de estas no se ha cumplido sin el concurso de los dioses?
¡Ay, ay! ¡Rey, Rey! ¿De qué manera debo llorarte? ¿Qué decirte desde el interior de mi alma amiga? Yaces en esa tela de araña, exhalando tu vida con impía muerte —¡ay, ay de mí!— en ese indigno lecho, vencido por muerte traicionera mediante el arma de doble filo que una mano empuñó.
CLITEMNESTRA
Afirmas tú que esta obra es mía y dices que soy la esposa de Agamenón. No es así, sino que bajo la forma de la mujer de este muerto, el antiguo, amargo genio, para tomar venganza de Atreo —aquel execrable anfitrión— ha hecho pagar a este y ha inmolado a un adulto en compensación de unos niños.
Antistrofa 3a
CORO
¿Quién dará testimonio de que no eres culpable de este asesinato? ¿Cómo? ¿Cómo va a darlo? Puede, no obstante, haber sido cómplice tuyo el genio que ansiaba venganza del padre.
Avanza violento el Ares tenebroso entre familiares ríos de sangre con los que otorgará justicia al cuajarón de sangre infantil devorada.
¡Ay, ay! ¡Rey, Rey! ¿De qué manera debo llorarte? ¿Qué decirte desde el interior de mi alma amiga? Yaces en esa tela de araña, exhalando tu vida con impía muerte —¡ay, ay de mí!— en ese indigno lecho, vencido por muerte traicionera, mediante el arma de doble filo que una mano empuñó.
CLITEMNESTRA
Ni creo que indigna haya sido su muerte. ¿No causó ese a esta casa una desgracia mediante un engaño? Pero, como trató indignamente a la flor que me había brotado de él, a mi Ifigenia muy llorada, y ha sufrido su merecido, ¡qué él no se jacte en el reino de Hades!, porque ha pagado lo mismo que hizo con la muerte que ha recibido mediante un puñal.
Estrofa 4a
CORO
Me falla la mente al tratar de buscar un recurso certero. No encuentro hacia dónde volverme, cuando esta casa se derrumba. Me asusta el fragor sangriento de lluvia que abate a esta casa. Ya no es precisamente una llovizna, y Justicia se está afilando para otra acción dañosa en otras piedras de afilar del destino.
¡Ay, tierra, tierra!, ¡ojalá que tú me hubieras recibido antes de haber visto a este ocupar como lecho la bañera de plata!
¿Quién va a enterrarlo? ¿Quién en su honor cantará el canto fúnebre? (A Clitemnestra.) ¿Tendrás tú la osadía de hacerlo? ¿Después de haber dado muerte a tu propio marido, vas a llorarlo? ¿Y vas a dar cima a tu obra, rindiendo a su alma inicuamente un homenaje que no es homenaje en compensación de tu crimen monstruoso?
¿Quién va a sentir el dolor de pronunciar el fúnebre elogio en honor de este héroe junto a su tumba, fiel a la verdad de su corazón?
CLITEMNESTRA
No es asunto tuyo preocuparte de eso. A mis manos cayó y murió, y yo lo enterraré, pero no acompañado del llanto de los de su casa, sino que Ifigenia, su hija, cuando, con agrado, como es debido, haya salido a su encuentro al vado del veloz río de los dolores luego de haberlo abrazado, lo besará.
Antistrofa 4a
CORO
¡Un ultraje sucede a otro ultraje!
Difícil es esto de juzgar: expolian al que expolia, y el que mata paga. Mientras permanezca en su trono Zeus, permanecerá —es ley divina— que el culpable sufra.
¿Quién podrá arrojar de esta casa esa semilla de maldición? ¡Esta estirpe está condenada a la ruina!
CLITEMNESTRA
Te has embarcado con la verdad en este oráculo. Y yo, en consecuencia, quiero, luego de establecer pactos jurados con el genio recial de los Plisténidas, aceptar estos hechos, por duros que sean de soportar, pero que en el futuro salga de esta casa a destruir otra estirpe mediante muertes parricidas. Y de las posesiones, con tener una parte pequeña me basta, ¡si consigo arrancar del palacio esas locuras de asesinarse unos a otros!
ÉXODO
(Entra Egisto con gente armada.)
EGISTO
¡Oh luz gozosa del día de la venganza! ¡Ahora sí que puedo decir que desde arriba, vengadores de los mortales, los dioses ven los dolores que hay en la tierra!
Sí. Porque de manera grata para mí he llegado a ver a ese hombre yacente en el manto tejido por las Erinis, pagando con ello los crímenes del brazo paterno.
Sí. Atreo, el soberano de este país, el padre de ese, a Tiestes, mi padre, y, para decirlo con claridad, hermano suyo, con el que estaba disputando el poder lo desterró de la ciudad y del palacio. Y, al haber regresado al hogar como suplicante el infeliz Tiestes, halló seguridad en lo que a él se refería: no ensangrentar con su muerte el suelo patrio. Pero, como presente de hospitalidad, el impío padre de este ofreció a mi padre con más interés que amistad, aparentando que celebraba en demostración de buena voluntad un día dedicado a los sacrificios, un festín con las carnes de sus propios hijos. Los pies y los dedos de las manos los fue cortando de la parte de arriba donde se asientan con aspecto humano, y como sus carnes no lo delataban, en su ignorancia, tomólas al punto y comió un manjar funesto, como estás viendo, para la estirpe. Luego, cuando advirtió su acción impía, dio un grito y al suelo cayó vomitando la carne de aquellos niños degollados y un destino insufrible imprecó para los Pelópidas, y le dio un puntapié a la mesa del festín, acompañándolo de una maldición: que así pereciera toda la estirpe de Plístenes. Por eso es posible ver a este caído, y soy yo quien, con justicia, ha urdido su asesinato.
En efecto, yo, que era el tercer hijo, fui desterrado en unión de mi tan desgraciado padre, cuando yo era niño pequeño aún en mantillas; pero, ya criado, Justicia me trajo de nuevo, y me apoderé de este hombre, estando yo aún fuera de su casa, porque tramé en su totalidad el proyecto de mi vengativa resolución, de modo que incluso morir es para mí bello, porque ya he visto a ese preso en las redes de Justicia.
CORIFEO
Egisto, no siento respeto por el que en sus crímenes se comporta con insolencia. Tú dices que deliberadamente has matado a este hombre y que has planeado tú solo este asesinato que inspira piedad. Te aseguro que, en el momento de la justicia, no va a evitar tu cabeza las maldiciones del pueblo exigiendo tu lapidación.
EGISTO
¿Dices tú eso? ¿Tú, que tienes tu puesto en el remo inferior, mientras los que mandan la nave son los que están encima del puente? Como ya eres viejo, vas a conocer qué duro resulta aprender a tu edad, cuando se ha dado la orden de ser prudente. Cadenas y tormentos de hambre son inspirados médicos, con la más sabia inteligencia para enseñar incluso a los viejos. ¿Tienes ojos y no lo ves? No des coces contra el aguijón, no vaya a ser que, después de pegarle, lo sientas.
CORIFEO
(A Clitemnestra.) Mujer, tú, que, guardando la casa, esperabas al que llegase del combate, ¿estabas a la vez deshonrando el lecho de tu marido y has tramado la muerte de tu esposo y jefe del ejército?
EGISTO
También esas palabras van a ser para ti causa de llanto. Tienes una lengua contraria a Orfeo. Él se llevaba todo tras sí con la alegría de su canto: tú, en cambio, por haberme irritado con tus necios ladridos, serás arrastrado y, cuando ya estés sometido al poder, te mostrarás más manso.
CORIFEO
¡De modo que tú vas a serme Rey de los argivos! ¡Tú, que, después de haber planeado la muerte de este, no te atreviste a ejecutar la acción, matándolo personalmente!
EGISTO
Porque estaba claro: había que engañarlo por medio de una mujer. Yo era para él sospechoso, por ser antiguo enemigo suyo.
Voy a imponer mi mando a los ciudadanos, sirviéndome de sus riquezas. Y, al varón que no sea obediente, lo unciré a un duro yugo, y no va a ser un potro amadrinado, harto de cebada, sino que el hambre, odiosa vecina de las tinieblas, lo verá sumiso.
CORIFEO
¿Por qué no prescindiste de tu alma cobarde y mataste a este hombre tú solo, sino que de acuerdo contigo lo mató una mujer, baldón de esta tierra y sus dioses locales?
¿Ve Orestes, acaso, la luz para que, vuelto aquí con suerte favorable, llegue a ser el verdugo triunfal de estos dos?
EGISTO
¡Bien! Puesto que es tu decisión hacer y decir eso, pronto vas a enterarte.
CORIFEO
¡Vamos, amigos, compañeros de armas, ya no está lejos este trabajo!
EGISTO
¡Vamos! ¡Que cada cual se disponga a empuñar la espada!
CORIFEO
¡Bien! ¡Tampoco yo rehúso morir con la espada en la mano!
EGISTO
Hablas — sí— a quienes aceptan morir, pero preferimos tener buena suerte.
CLITEMNESTRA
(Interponiéndose entre ambos grupos.) ¡De ningún modo; oh el más querido de los varones, hagamos nuevos males!
¡Ya es una triste cosecha el haber segado estos otros en abundancia! ¡Ya hay bastantes desgracias! ¡No nos bañemos en sangre!
Y vosotros, ancianos, marchad ya a esas casas que os fijó el destino, antes que padezcáis las consecuencias de esta situación.
Esto era preciso, conforme lo hicimos. Aceptaríamos que hubiera bastante con estas penas, heridos como estamos, desgraciadamente, por la pesada garra de una deidad.
Así es la opinión de una mujer, por si alguno se dignara aprenderla.
EGISTO
(Mientras retrocede al palacio empujado suavemente por Clitemnestra.) ¡Pero que esta gente me desprestigie de esa manera con su estúpida lengua y me arroje tales insultos, desafiando a su propia suerte y que hayan dicho que el que ejerce el poder no adoptó una prudente decisión!
CORIFEO
No sería esto propio de argivos: el adular a un hombre cobarde.
EGISTO
¡Bien! ¡Ya iré yo a buscarte en días venideros!
CORIFEO
¡No será así, si un dios guía a Orestes hasta que haya llegado aquí!
EGISTO
Sí. Sé de hombres que están desterrados que se alimentan solo de esperanzas.
CORIFEO
¡Hala! ¡Ejerce el poder, engorda, mancilla la justicia, puesto que puedes!
EGISTO
¡Entérate: me vas a pagar esa locura!
CORIFEO
¡Presume de valiente, igual que un gallo junto a la gallina!
CLITEMNESTRA
No tengas en cuenta esos estúpidos ladridos. Yo y tú, como dueños de este palacio, lo pondremos en orden.
(Clitemnestra y Egisto se dirigen al palacio escoltados por su séquito, mientras el Coro abandona la escena entre gestos de protesta.)
ESQUILO
(458 a.C.)