hija de Zeus que enredas con
astucias, te imploro,
no domines con penas y torturas,
soberana, mi pecho;
mas ven aquí, si es que
otras veces antes,
cuando llegó a tu oído
mi voz desde lo lejos,
te pusiste a escuchar
y, dejando la casa
de tu padre, viniste,
uncido el carro de oro.
Veloces te traían
los hermosos gorriones
hacia la tierra oscura
con un fuerte batir de
alas desde el cielo,
atravesando el éter:
de inmediato llegaron.
Tú, feliz,
con la sonrisa abierta
en tu rostro inmortal,
preguntabas qué sufro
nuevamente, y por qué
nuevamente te invoco
y qué anhelo ante todo
alcanzar en mi pecho
enloquecido: ¿A quién seduzco ahora
y
llevo a tu pasión? ¿Quién
es, oh Safo,
la
que te perjudica?
Porque
si hoy te rehuye, pronto habrá de buscarte;
si
regalos no acepta, en cambio los dará,
y si
no siente amor, pronto tendrá que amarte
aunque
no quiera ella.
Ven a mí también hoy, líbrame de
desvelos
rigurosos y todo cuanto anhela
mi corazón cumplir, cúmplelo y sé
tú misma
mi aliada en esta lucha.
SAFO