A la mitad del camino de
nuestra vida me encontré en una selva oscura, porque había perdido la buena
senda. Y ¡qué penoso es decir cómo era aquella selva tupida, áspera y salvaje,
cuyo recuerdo renueva el pavor! Pavor tan amargo, que dista poco de la muerte;
mas, para tratar del bien que encontré en ella, contaré otras cosas de las que
en ella vi.
No sabría explicar ahora
cómo entré. De tal modo me dominaba el sueño cuando abandoné el buen camino.
Pero a poco de llegar al pie de una colina donde terminaba aquel valle que así
me había llenado de espanto el corazón, miré a lo alto y vi la cumbre aureolada
ya por los rayos del planeta que es guía fiel por todos los senderos.
Entonces se calmó un poco
el miedo que había agitado el lago de mi corazón durante aquella noche tan
penosa. Y lo mismo que aquel que ha logrado salir, tras afanosa lucha, del
piélago a la orilla, se vuelve a mirar el agua llena de peligros, así mi
espíritu, fugitivo aún, se volvió hacia atrás y contempló el paraje del que
nadie salió vivo nunca.
Cuando di algún reposo a mi
cuerpo fatigado, continué mi camino por la desierta playa, donde el pie firme se hundía.
De pronto, casi al empezar la salida, una agilísima y veloz pantera, cubierta
de pintada piel, se me puso delante, impidiéndome avanzar, de tal modo que
muchas veces hui para volver otras tantas.
Empezaba entonces a
amanecer, y el sol se levantaba, rodeado de las mismas estrellas que le
acompañaron cuando el amor divino creó tan bellas cosas, como invitándome a
esperar, ante aquella fiera de piel manchada, la llegada del día y la dulce
sazón; mas no sin que me diese pavor también un león que se apareció a mi
vista.
Este parecía venir contra
mí, alta la cabeza, rugiendo de hambre, tal que pensé que el aire se
estremecía. Y una loba que en su delgadez parecía llena de todos los apetitos y
había causado ya la desgracia de mucha gente, me dio tanta pesadumbre con el
espanto que su vista provocaba, que perdí la esperanza de alcanzar la cima.
Y como aquel que se
enriquece con alegría, al llegar la hora de perderlo todo, llora y se
entristece con toda el alma, así me hizo sentirme aquella bestia implacable
que, viniendo contra mí, poco a poco me empujaba hacia donde el sol no luce.
Mientras me deslizaba hacia el fondo oscuro, se me ofreció a los ojos alguien
que, por el largo silencio que guardaba, parecía sin voz.
Cuando lo vi en el vasto
desierto, le grité: “¡Ten piedad de mí, quienquiera que seas, hombre o sombra!”
Me respondió: “No soy hombre. Lo fui. Mis padres fueron lombardos, mantuanos
los dos de nacimiento. Nací bajo Julio, aunque tarde, y viví en Roma bajo el
buen Augusto, en el tiempo de los dioses falsos y engañosos. Fui poeta y canté
a aquel justo, hijo de Anquises, que vino de Troya después de que ardió la
soberbia Ilión. Pero tú ¿por qué vuelves a tanta pena? ¿Por qué no subes al
deleitoso monte que es causa y principio de toda alegría?”
“Entonces ¿eres tú aquel
Virgilio, aquella fuente de la que nace tan caudaloso río de elocuencia? —le respondí
con rubor en la frente—. ¡Oh tú, honra y luz de los poetas! ¡Válganme el largo
estudio y el profundo amor que me hicieron disfrutar de tu obra! Tú eres mi
maestro y mi autor; de ti solo aprendí el bello estilo que me ha dado gloria.
Mira la bestia que me ha obligado a huir. ¡Ayúdame contra ella, sabio glorioso,
porque ella me hace palpitar las venas y el pulso!”
“Te conviene seguir otro
camino si quieres huir de este lugar salvaje —replicó al verme llorar—. La
bestia de la cual te quejas no permite a nadie pasar por su camino, y para
impedirlo lo mata. Tiene una naturaleza tan malvada y ruin, que nunca satisface
su hambre voraz y siente más apetito después de comer que antes. Muchos son los
animales con los que se une, y serán más todavía, hasta que venga el mastín que
le dé dolorosa muerte. Él no se alimentará ni de bienes de la tierra ni de
metales, sino de sabiduría, amor y virtud, y su patria estará en la pobreza.
Será salud de aquella Italia humilde por la que murió la virgen Camila, y
heridos Eurialo, Turno y Niso. Echará a la bestia de un lugar a otro hasta que
la arroje al infierno, de donde la sacó la envidia. Por eso he pensado y
decidido, por tu bien, que me sigas. Seré tu guía y te llevaré desde aquí al
lugar eterno donde oirás gritos de desesperación, verás a los antiguos
espíritus dolientes llorando su segunda muerte cada uno, y verás a los que
están contentos entre las llamas porque esperan, llegar, cuando sea, a reunirse
con las almas venturosas. Si tú quieres ir después hasta ellas, alma
encontrarás que te guíe, más digna que yo, y con ella te dejaré al partirme,
pues el Emperador que reina en lo alto, por haber sido yo rebelde a su ley, no
quiere que a su ciudad se llegue por mí. En todas partes y desde allí rige.
Allí están su ciudad y su excelso trono. ¡Feliz aquel a quien llama!”
Yo le dije: “Poeta, te
suplico por aquel Dios que tú no conociste, que pueda huir de este mal y de
otros peores; que me conduzcas donde has dicho y vea yo la puerta de San Pedro y a
aquellos que están tan afligidos.” Echó a andar y yo seguí tras él.
DANTE
