ESQUILO

La tragedia ya existía cuando Esquilo comenzó a escribir, pero sus aportes al drama le merecieron ser reconocido como el creador de la tragedia. Antes de él, la tragedia era una molpê (danza y canto combinados) que se realizaba ante el altar de Dionisos. Esquilo funda la tragedia en la acción, en el movimiento interno, conflicto de ideas y sentimientos, y en el movimiento externo, sucesos y evoluciones de los personajes movidos por estos sucesos. 

En la tragedia los personajes se enfrentan a la muerte, habitualmente no a una muerte vulgar, sino a un sacrificio. Ahora bien, para extraer el pleno valor artístico y la belleza de la muerte, esta debe ser afrontada y vencida por el heroísmo o alguna otra cualidad del alma humana. Quien comete el pecado, hybris o exceso, incurre en una transgresión de la ley, y necesariamente debe morir. La muerte aparece, pues, en la tragedia, como la expiación del pecado. Esta concepción de la muerte aparecía ya en el mito de Dionisos, pero fue Esquilo quien, con esos elementos, creó la esencia de lo trágico.

Introdujo el segundo actor, innovación que significó un progreso notable, pues, a partir de entonces, las partes dialogadas entre los personajes se equilibran con las intervenciones del coro, lográndose así una estructura más acabada en la que el conflicto dramático prevalece sobre las formas puramente líricas.

Disminuyó el número de coreutas de cincuenta a doce y redujo la importancia del coro, a pesar de lo cual siguió siendo en sus obras un elemento fundamental. El coro en las tragedias de Esquilo tiene una alta significación en cuanto a contemplación de los sucesos de la escena y a meditación de los temas trascendentales. Establece una pausa en la acción exterior, en el movimiento externo de los personajes y de los sucesos, pero es más bien una intensificación de la acción interior, del movimiento que se produce en los espíritus que observan la acción y en los que muchos sentimientos y pensamientos son provocados por los sucesos que van desarrollándose.

En su trilogía la Orestíada, su obra maestra, el papel de los protagonistas y deuteragonistas individuales (Agamenón, Clitemnestra, Orestes, Electra y Atenea) sobrepasa en forma tal al coro de ancianos, de coéforas[i] y de Erinias[ii], que verdaderamente entonces la tragedia llega a su perfecto equilibrio.

Perfeccionó también el vestuario y la maquinaria. Dio belleza y esplendor a los vestidos en variedad y colorido, perfeccionó la máscara e inventó el coturno. De este modo, aumentada su estatura por el coturno, lujosamente vestidos, impresionantes con sus máscaras terribles, los actores estaban en condiciones de representar el papel de superhombres, héroes o dioses, personajes de las obras de Esquilo. Tuvo tendencia a lo asombroso y grandioso, por eso utilizaba las maquinarias o mekanai.

El plan de las tragedias de Esquilo es totalmente sencillo: se plantea un problema, se desarrolla en pocas escenas y se resuelve. El desenlace no es inesperado, sino que se anuncia de antemano. Es lo que Aristóteles denomina tragedia simple. Las tragedias de Esquilo consisten en la contemplación de una situación que permanece sin modificarse durante todo el transcurso de la obra. Esta simplicidad de la acción es el resultado de la concepción dramática de Esquilo, quien considera que su deber no es entretener al pueblo sino enseñarle. En virtud del fin didáctico que persigue el autor, no interesa el desarrollo del crimen, sino su esencia, sus causas y sus consecuencias.

El asunto o materia que sirve de base a la tragedia de Esquilo se caracteriza por su grandeza y majestad; es un asunto sobrehumano y no terreno. Esquilo afirmaba que sus obras eran “migajas del festín de Homero”. En efecto, todas las tragedias esquilianas desarrollan un asunto tomado del epos.

Esquilo presenta en sus tragedias el problema del gobierno del mundo por las fuerzas sobrenaturales y el problema de las leyes que rigen las acciones humanas.

El origen del bien y del mal se encuentra en esa potencia oscura, la Moira o Hado, que unas veces es superior a los dioses y otras es su voluntad, que es más bien una fuerza que una divinidad. La Moira señala a cada hombre una porción de bienes materiales y espirituales, una parte en las tierras, en las cosechas, en el botín, en los honores, en las alegrías y en las penas. Cada hombre tiene su Moira, y cuando reclama más de lo justo, cuando no se conforma con su porción y trata de aumentarla, cuando traspasa los límites que le ha fijado el Destino, incurre en el pecado de hybris o exceso. Entonces cae sobre el culpable todo el peso de la Diké, la ley de la justicia, que dispone el castigo para restablecer el orden del mundo que ha sido quebrantado por el delito. Es la ley de la retribución o del talión: “A aquel que hace le será hecho”. Némesis, la Indignación, es, a veces, el sentimiento de reprobación del pecado y, otras veces, la venganza divina que lo castiga.

En algunos casos la venganza llega en seguida, en otros tarda más y, finalmente, puede dejar libre al pecador y caer sobre su descendencia. En Esquilo predomina el concepto de la solidaridad familiar: el delito del padre se convierte en un implacable genio vengador, Alastor, que arrastra a la descendencia al delito. Tal es la ley inexorable de la herencia: el crimen engendra el crimen, la sangre llama a la sangre.

Ahora bien, la existencia del castigo plantea el problema de la responsabilidad, que tiene como presupuesto el de la libertad humana. De acuerdo con la concepción filosófica de Esquilo, evidentemente el hombre no se orienta voluntariamente al crimen; es arrastrado por la pasión, até, la ceguera, que es como una divinidad o demonio que se apodera de él. Después que la pasión ha logrado dominarlo, el hombre es incapaz de resistirla; pero ello no anula totalmente su libertad, pues el ser humano es libre de aceptar la tentación o de rechazarla. Es decir, que la fuerza del destino no supone la negación de la libertad humana.

En este juego de fuerzas irracionales de la culpa y aún de la justicia, hay todavía otra que se levanta con una grandeza incomparable y que es, en definitiva, el fundamento de toda da la existencia humana: Adrastea, la Necesidad personificada, que preside todos los actos de los hombres Para Esquilo, todas las cosas ocurren según necesidad; nada hay azaroso, sino que todo tiene sentido y trascendencia.

De las noventa obras que al parecer compuso Esquilo, se han conservado solamente siete, aparte de algunos fragmentos. Se conocen los títulos de setenta y nueve piezas que no son todas tragedias, pues hay entre ellas trece dramas satíricos.

Parece ser el que primero presentó a los concursos sus obras reunidas en tetralogías, tres tragedias y un drama satírico; y el que inventó la trilogía ligada para presentar las consecuencias de la culpa en un linaje.

Esquilo gozó de gran favor entre el público ateniense y en veintiocho oportunidades recibió el primer premio en los concursos, pero también fue acusado de impiedad porque se rebeló contra las creencias religiosas que prevalecían en su época. El poeta concibe una religión más elevada, justa y depurada de supersticiones.

Para Esquilo, la justicia es el fin al que tiende la Divinidad. Por lo general, los griegos creían que la felicidad era privilegio exclusivo de los dioses y que los mortales estaban a merced de un destino ciego e inexorable. Los dioses, envidiosos de toda dicha que ocasionalmente pudieran disfrutar los hombres, descargaban sobre estos innumerables males. Por otra parte, la sangre derramada originaba siempre una interminable cadena de crímenes y venganzas, maldición a la que no escapaba ninguna estirpe mortal. Esquilo no podía aceptar esa posición fatalista que excluye toda posibilidad de libertad y de justicia. La primera de las tragedias que forman parte de la Orestíada gira en torno a los acontecimientos que se desarrollan en Argos el día en que Agamenón regresa victorioso de Troya. Su esposa Clitemnestra, junto a su amante Egisto, lo espera para asesinarlo como venganza porque el rey había inmolado a su hija Ifigenia para aplacar la cólera de Artemisa y obtener vientos favorables para navegar hacia Troya. En la segunda de las tragedias, Las Coéforas, Orestes, secundado por su hermana Electra, se encarga de vengar la muerte del padre ejecutando a Clitemnestra y Egisto. Este nuevo crimen, por supuesto, debe ser vengado, y las Erinias persiguen implacablemente a Orestes. La situación paradójica que vive el personaje (por un lado, ha cumplido con la ley divina vengando a su padre, por otro, es culpable de haber derramado sangre) se resuelve finalmente en el Areópago[iii] presidido por Atenea, y, mediante un procedimiento democrático, el voto, Orestes es absuelto.

Esquilo presenta en sus tragedias el problema del gobierno del mundo por las leyes sobrenaturales y el problema de las leyes que rigen las acciones humanas.

Se le atribuye el siguiente epitafio que habría escrito para su propia tumba: “Este monumento cubre el cuerpo de Esquilo, hijo de Euforión. Nació en Atenas y murió en las fértiles llanuras de Gela. El afamado bosque de Maratón y el medo de larga cabellera dirán si fue valiente: bien lo vieron”.

Sin embargo, su fallecimiento no sería en el campo de batalla. El Oráculo de Delfos auguró que el dramaturgo moriría aplastado por el derrumbe de una casa. De esta manera, tratando de engañar al destino, Esquilo se mudó a las afueras de la ciudad, donde viviría con un ritmo más pausado que le permitía dedicarse enteramente a la escritura. No obstante, eludir el destino no le fue tan sencillo como le pareció en un primer momento.

Un quebrantahuesos surcaba los cielos en busca de una roca para romper el caparazón de la tortuga que tenía entre sus garras. Mientras planeaba, el ave arrojó a su presa con el infortunio y la casualidad más trágica de que terminó golpeando en la cabeza del dramaturgo. Murió en el acto. El destino se había guardado el derecho a consumarse en una metáfora trágica que nada tenía que ver con sus obras.



[i] Coéfora significa en gr. “la que lleva ofrendas, libaciones funerarias”.

[ii] Las Erinias eran divinidades que perseguían y castigaban a los criminales.

[iii] Colina al oeste de la Acrópolis donde se reunía el consejo más ilustre de Atenas. Tenía poderes políticos y judiciales.