La Biblia es literatura religiosa, y hebreos y
cristianos la consideran su libro
sagrado, inspirado por Dios y vehículo de su
revelación.
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Biblia de Gutenberg
(siglo XV)
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Literatura religiosa es aquella de asunto
religioso, mediante la que el autor habla de Dios o con Dios. Literatura inspirada sería aquella por la que, y a través de la obra de un
hombre, Dios habla al hombre o se comunica con él. Cuando el texto trasmite,
además, alguna enseñanza que el autor no hubiera podido conocer por medios
puramente humanos, se dice que es revelado.
Desde el
punto de vista cultural, sería imposible comprender la civilización llamada
occidental y muchos aspectos de la oriental, si no se conociera la Biblia.
La religión
en sus grandes ramas monoteístas (judaísmo, cristianismo, islamismo), la moral,
la filosofía, la historia, las artes plásticas, la literatura, la música,
llevan, de una manera u otra, más o menos profundamente, la huella de su
influencia.
De allí la
importancia de la Biblia así
como su profundo valor humano, pues a través de sus páginas, en el marco de la historia
y las creencias de un pueblo, se plantean los grandes problemas que abruman al
hombre sobre el sentido de la vida y su propio destino.
La Biblia es una obra múltiple pues consiste en una colección de muchas
otras de diferentes épocas, autores y géneros, escritas en varias lenguas; sin
embargo, todas ellas logran una innegable unidad que permite considerarlas no
como libros totalmente independientes sino como partes armónicamente trabadas
de un todo. Los autores, de variada cultura y tendiendo a distintos fines,
trataron diversos temas, en prosa y en verso, y sus obras tienen las características
personales de su estilo y las peculiares de su época
DENOMINACIÓN
La palabra “Biblia”, nombre femenino y
singular en la mayoría de las lenguas modernas, es neutro y plural en la forma
griega de la que procede. En su origen, significó “los libros”.
Hoy se lo emplea como un
superlativo excepcional: el “libro” o “libro de los libros”, es decir, el libro
por excelencia.
También, y atendiendo a
su valor religioso, se la denomina Sagradas escrituras y Libro santo. Los
hebreos, por su parte, la llamaban T.N.K., letras iniciales de los nombres de
los tres grandes grupos en que distribuían los libros: Torah, Nebiim, Ketubim,
es decir, Ley, Profetas y Otros escritos.
LOS HEBREOS
Su origen es mesopotámico; en cierto momento
abandonaron sus tierras para instalarse en Egipto, donde permanecieron varios
siglos. Poco a poco se fueron haciendo más numerosos, lo que hizo que el faraón
los tratara como esclavos, por miedo a una rebelión.
Salieron de allí siguiendo a Moisés, un hebreo
rescatado del río Nilo por una
princesa egipcia, en la época en que el faraón
había ordenado matar a todos los bebés varones de los hebreos. Moisés fue el
líder más importante del mundo hebreo; él condujo al pueblo a través del
desierto hacia la tierra prometida de Canaán, una vez que escaparon de Egipto.
Esa marcha duró, según la Biblia,
cuarenta años, aunque los historiadores le atribuyen un tiempo mucho mayor, de
varios siglos. Allí habría habido milagros, como la revelación de Dios a
Moisés, y el dictado de las Tablas de la
Ley.
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Moisés con
las Tablas de la Ley (Rembrandt)
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Una vez en la tierra prometida, los hebreos se
organizaron en doce tribus sin un gobierno central, lo que con el correr del
tiempo derivó en una monarquía. David fue el segundo rey, su gobierno abarcó
cuarenta años, llevó la capital a Jerusalén, fortificó las fronteras, construyó
ciudades, se preocupó por recopilar y conservar textos sagrados, entre ellos
los Salmos, de muchos de los cuales
se lo considera autor.
Los babilonios tomaron Jerusalén en el 586 a.C. Destruyeron el templo, tomaron 40.000 cautivos, encarcelaron al rey por 35
años y obligaron al pueblo a pagar altos tributos, aunque no lo esclavizaron.
Algunos lograron, pasado el tiempo, volver a su tierra y recomponer su
religión, pero sufrieron el rigor de diversas dominaciones: fueron conquistados
por Alejandro Magno, luego por los asirios, egipcios y romanos, y allí comenzó
la diáspora o dispersión del pueblo hebreo.
FUNDAMENTOS DE LA RELIGIÓN HEBREA
El pensamiento
religioso del pueblo hebreo constituye el contenido principal de la Biblia, por lo tanto, conviene
esclarecer sus líneas fundamentales.
Cuatro notas
caracterizan esta concepción religiosa: a) monoteísmo, b) alianza, c) moral y d)
mesianismo.
Monoteísmo - En torno a este punto se plantea el primer
problema. Los partidarios del evolucionismo religioso juzgan que el pueblo
hebreo fue, durante siglos, monolátrico pero no monoteísta. Yahvé no habría sido
el único dios, sino el dios al que se adoraba con exclusión de los demás; la
divinidad nacional a la que se rendía culto, pero no el solo Dios. Según esta
teoría, el pueblo hebreo fue primero idólatra y politeísta, luego enólatra
(culto al dios del pueblo, religión nacional) y, por último, monoteísta. La
historia de las religiones en su estado actual, considera el monoteísmo como
forma primordial; el politeísmo y la idolatría serían degradaciones de un
concepto religioso superior y más antiguo.
Mientras el evolucionismo supone un sucederse
de etapas de progresivo perfeccionamiento, la crítica religiosa moderna
considera que aún las más avanzadas ideas religiosas se encuentran, como en
germen, comprendidas en los más antiguos planteamientos. La voz de los Profetas
y de los conductores de Israel fue, en el transcurso de la historia,
desentrañando ese contenido, poniéndolo en evidencia y esclareciéndolo según
las necesidades del pueblo de acuerdo a la guía de Yahvé. El advenimiento de
Jesús habría sido la suprema revelación a cuya luz se iluminaría el cuadro
entero, la clave para comprender el mensaje.
Alianza - Si puede haber discrepancias en torno al alcance
de la expresión “Yahvé, Dios de Israel”, no las hay en la interpretación de la
otra que le es simétrica y correspondiente: “Israel es el pueblo de Yahvé”. Esta
identificación descansa en la idea de pacto o alianza entre la Divinidad y el
pueblo elegido por ella, cuya primera formulación encontramos en el libro del Génesis, en la historia de Abraham.
Las ideas
fundamentales que este pacto encierra son:
a) de parte de
Yahvé: protección y ayuda constantes, simbolizadas en la bendición, la concesión
de la tierra prometida, una descendencia numerosa como las arenas del mar y las
estrellas del cielo, y el señorío sobre las demás naciones;
b) de parte de
Abraham: la fidelidad y el acatamiento a la voluntad de Yahvé.
El rito de la
circuncisión, que vierte la sangre del varón, sería la señal externa del pacto
por la que cada descendiente de Abraham entra a tomar parte de su herencia y acepta
su obligación frente a Yahvé.
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Sacrificio
de Isaac (Laurent
de La Hyre)
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Este pacto fue
formulado por segunda vez en Egipto y es la reiteración de la alianza con
Abraham, que luego se explicita y ratifica solemnemente en el monte Sinaí. La
sangre vertida del Cordero Pascual, con la que se tiñera el dintel de la puerta
de los hebreos, fue la señal externa de la Alianza. En el correr de la
historia, las grandes figuras y los más importantes acontecimientos de Israel
dieron realce al pacto, esclarecieron los deberes que imponía y afirmaron su
esperanza en la fidelidad de Yahvé. Los Profetas fueron los defensores de la
Alianza y los campeones de los derechos de Dios.
La tercera
manifestación del pacto, también llamada Nueva Alianza porque innova sobre la
Antigua, extiende los privilegios de Israel a los hombres de todos los pueblos,
y se encuentra narrada en los Evangelios.
Esta nueva formulación se realiza en la persona de Jesús y también se sella con
la efusión de sangre, en el monte Calvario.
Moral - La moral del pueblo hebreo no es una consecuencia
de la religiosidad, sino uno de sus elementos constitutivos. Yahvé es el autor
del hombre y tiene derechos sobre él; además, y en virtud del pacto, los tiene
especiales sobre Israel. Por eso es legislador, y su ley es santa y ordenada a
la salud y la felicidad del individuo y la sociedad. No es una antojadiza y
caprichosa serie de prohibiciones y amenazas; por el contrario, Dios, único
conocedor de “la ciencia del bien y del mal”, es decir, de la esencia de los
mismos, prohíbe lo que daña u obstaculiza la perfección del hombre y la
felicidad del pueblo.
La ley es
solemnemente proclamada en el Sinaí y consta de varios mandamientos. A través
de los textos se deduce que dicha Ley no es sino una formulación ordenada de
preceptos religiosos y morales conocidos desde antiguo por el pueblo, aunque no
siempre respetados. Los primeros conciernen a la conducta frente a la
Divinidad; los otros, a la que debe regir las relaciones del hombre consigo
mismo y en la colectividad.
Después de una
introducción en la que se proclama el derecho de Yahvé a legislar, se prohíbe el
politeísmo, la idolatría y la vana invocación del nombre de Dios en el
juramento falso, y se ordena la observancia del sábado. Se impone honrar a los
padres, se prohíbe matar, fornicar, robar, mentir y calumniar y, por último,
codiciar los bienes ajenos, incluyendo entre estos la mujer del prójimo. Del
cotejo de ambas fórmulas se ha deducido el Decálogo,
los diez mandamientos o preceptos que son la base de la moral de hebreos y
cristianos.
Junto con esta
síntesis de los preceptos fundamentales, el pueblo recibió, a través de Moisés,
un completísimo código, en muchos aspectos superior al de Hammurabi, que regula
todo lo referente a la vida colectiva, nacional y familiar, a la organización
política y al culto religioso.
En lo que se
refiere a las disposiciones atinentes a la moral, sucesivas generaciones fueron
desentrañando de los antiguos preceptos un alcance de mayor perfección y
desplazando las obligaciones y responsabilidades desde el plano social y al
plano personal. El pecado es un delito que perjudica al pueblo, y a todo el
pueblo interesa su castigo y la purificación merecedora, pero cada vez se ve
con mayor claridad que religión y moral no son solamente el nexo que une a
Israel con Yahvé, sino también el que une a cada hombre con Dios; así, el Pacto
o Alianza se transforma en un pacto de persona a Persona. Los Profetas y los Salmos, traducen claramente este concepto más elevado y perfecto
del sentido moral; juzgan los actos por su valor interior, y exigen la caridad,
el amor a Dios y al prójimo como base de la conducta. La doctrina de Jesús,
manifestada en el Sermón de la Montaña,
lleva esta moral a su más alto grado de desarrollo y perfección.
En lo
concerniente a los preceptos de alcance social, político, penal, contractual,
etc., el código mosaico refleja el grado de civilización y de cultura de los
pueblos de la época; muchas veces, frente a mandamientos que nos parecen de
despiadada barbarie, debemos recordar que ellos significaban, sin embargo, un
mejoramiento, una superación de costumbres aún más bárbaras y despiadadas. El
Yahvé del Antiguo Testamento es el
mismo Padre de las Misericordias del Nuevo
Testamento; pero el pueblo, inmerso en la dureza y en la crueldad de los
tiempos antiguos, lo fue descubriendo muy lentamente, aunque ya las más
antiguas tradiciones recogidas en el Génesis
así lo mostraran.
Mesianismo - El mesianismo comprende dos creencias
fundamentales: a) la del futuro advenimiento de un Mesías y b) el papel rector
de Israel sobre los demás pueblos.
Desde muy
antiguo, en las primeras formulaciones de la Alianza, se atribuye a la
descendencia de Abraham ese papel mesiánico, en su doble alcance de un salvador
personal y de un privilegio colectivo. Aún antes, en el tercer capítulo del Génesis, se pone en boca de Yahvé que
castiga, la esperanza, la promesa de un vencedor del espíritu del mal encarnado
en la serpiente.
A través de los
siglos, son más abundantes y más concretos los textos, hasta el punto de
mostrar que el Mesías y su advenimiento no son una consecuencia de la elección
de Israel y del pacto, sino su misma finalidad, su razón de ser. La voz de los
profetas perfila, desarrolla y esclarece, en etapas sucesivas, la figura del
Salvador y su misión redentora que, mediante Israel, llegará a todas las
naciones.
En torno a dos
condiciones se agrupan los vaticinios: la de rey invencible, dominador de
pueblos, y la de sacerdote y víctima, redentor de hombres. Según las
vicisitudes de la historia, el acento de los profetas y de los intérpretes destacará
uno u otro de esos aspectos, y el pueblo, doblegado y oprimido por fuerzas
extranjeras, se forjará su propio Mesías con aquellos rasgos que más fácilmente
halaguen su deseo y colmen su esperanza.
En el Nuevo Testamento, el cántico del anciano
Simeón (Luc. II) resume la esperanza mesiánica de Israel y vaticina su
cumplimiento en el niño que María y José presentan en el Templo de Jerusalén.
Este niño, Jesús de Nazareth, luego dividirá definitivamente a los hebreos,
pues si unos lo condenan y crucifican por blasfemo, otros lo siguen y lo adoran
como al anunciado Mesías.
EL CULTO
Desde Moisés, el culto,
antes particular y espontáneo, se transforma en pública manifestación de
adoración, acción de gracias, petición de bienes y contrición de los pecados.
La religiosidad individual se encauza en la liturgia oficial y comunitaria,
cuyos menores detalles han sido minuciosamente prescritos. Una tribu, la de
Levi, está adscripta al culto, y le sirve total y exclusivamente; una familia,
la de Aarón, hermano de Moisés, proporciona, generación tras generación, los sacerdotes
jerárquicamente ordenados; un templo, el de Jerusalén; un culto único, los
ritos sacrificiales, los ritos expiatorios, los ritos de purificación, la fiesta
del sábado que obligaba al descanso cada siete días y honraba al Señor, la
Pascua, cuya liturgia recordaba la huida de Egipto y la misericordia de Yahvé; Pentecostés,
que conmemoraba la promulgación de la Ley; la fiesta de las cabañas; la de la
luna nueva, la liturgia familiar, y la severa penitencia que precedía a la
solemnidad de la expiación o del Perdón, eran otras tantas manifestaciones de
esa religión, en el sentido de nexo, de lazo, de ligadura de ese pueblo con
Dios.
LOS NOMBRES DE DIOS
Los más usados son Yahvé, Elohim,
Adonai y, algunas veces El Sadday. Según
una tradición hebrea, habría un nombre
secreto de Dios, el verdadero, que no se pronunciaba sino una sola vez al año,
por el Sumo Sacerdote, en el Día de la Expiación. Por respeto y sagrado temor,
tampoco se escribía, por lo cual permanece desconocido para nosotros. Yahvé
equivale a “soy el que soy” o “el que es”, y así se presentó Dios a Moisés en
la zarza ardiente, y es el más usado. Elohim ofrece la particularidad de ser un
nombre plural que concuerda en singular, como si dijéramos: “dioses hizo”,
“dioses creó”. Adonai se traduce como “el Señor”, y El Sadday como “el
Todopoderoso”. EL e IA son otros nombres usados para designar a Dios, ya sea en
palabras compuestas, especialmente nombres propios que los incluyen, ya como abreviaturas.
Es frecuente el uso de circunloquios, perífrasis y metáforas en sustitución del
nombre que, por reverencia o por temor, se omitía.
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La
creación de Adán (Miguel
Ángel)
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LENGUAS
Tres lenguas han sido
usadas en la composición de la Biblia:
hebrea, aramea y griega. El hebreo, de origen semita, que fuera durante siglos
una lengua viva, suplantada después en el habla corriente por el arameo, se
conservó como lengua sagrada.
Al hebreo de la Biblia se le llama hebreo clásico.
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Biblia
hebrea (siglo XI)
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No posee la riqueza del
griego y del latín, pues contiene menos raíces, escasas posibilidades para la
formación de palabras y mayor simplicidad sintáctica. Esto representa un
obstáculo para la expresión de ciertas ideas, especialmente las abstractas, y
para la construcción de períodos largos y flexibles. En cambio, sus oraciones
breves, directas, permiten un estilo vigoroso; el uso de múltiples
procedimientos literarios (repeticiones, contrastes, comparaciones, metáforas,
hipérboles y el paralelismo) dio a la lengua, a pesar de sus limitaciones
originales, valor estético y categoría literaria. La mayoría de los libros del Antiguo Testamento fueron compuestos en
hebreo.
El arameo fue una forma
semita vulgar, que se difundió como lengua internacional entre los pueblos de
aquel origen, y llegó, en Palestina, a suplantar al hebreo en el habla
corriente. Era la lengua que se hablaba allí en tiempos de Jesús, y en ella
fueron compuestos fragmentos del Antiguo
Testamento y el primitivo texto del Evangelio
según Mateo.
El griego popular o koiné,
hablado en todas las regiones influidas por el helenismo, era la lengua
internacional del Mediterráneo. En ella se compusieron los demás libros del Nuevo Testamento y los llamados
“deuterocanónicos” del Antiguo
Testamento escritos en hebreo o en arameo, pero solo nos llegó la versión griega.
EL CANON
Canon, con relación a la Biblia,
es la lista de los libros sagrados, es decir, que se consideran inspirados por
Dios. La palabra canon viene del griego
“Kanon” (vara o caña de medir) y significa “regla, norma”.
La diversidad de
criterios para atribuir calidad de inspirados a determinados libros y negársela
a otros, proviene de diferentes concepciones religiosas, e incide en la
composición de la Biblia y en
la selección de los textos que la integran.
La gran división en Antiguo
y Nuevo Testamento se
origina en esa diferencia. El Antiguo Testamento es considerado como
libro inspirado por hebreos y cristianos, mientras que el Nuevo Testamento
lo es solo por los últimos.
Aparte de esta
doble agrupación de libros, el concepto de inspiración genera otras divisiones,
siendo la principal la que los separa según cánones distintos:
a) El canon hebreo fue el canon
de los judíos de Palestina, que no admitieron entre los textos inspirados los
libros llamados apócrifos (dudosos, escondidos, secretos, apartados), aunque
los admitieran como lectura edificante.
Comprende veinticuatro
libros, que corresponden a las letras del alfabeto hebreo. Por esta razón, los
hebreos denominan también a la Biblia
Los Veinticuatro.
Los libros aparecen
distribuidos cronológicamente, es decir, conforme al orden de su aparición, sin
tener en cuenta su naturaleza, en tres grandes grupos: Torah (Ley), Nebiim (Profetas) y Ketubim (Hagiógrafos o
Escritos, abreviación de la frase “los otros escritos sagrados”).
b) El canon alejandrino fue compuesto por los judíos helenistas de Alejandría;
su distribución se funda, no en el orden cronológico de aparición, sino en la
naturaleza de los libros.
El canon alejandrino
agrega siete libros que no aparecen en el canon hebreo, los deuterocanónicos, llamados apócrifos por los judíos: los dos Macabeos, Judit, Tobías,
Baruc, Eclesiástico y Sabiduría.
c) El canon cristiano fue fijado definitivamente por la Iglesia Católica en
el Concilio de Trento (1546), que considera como auténticos setenta y tres
libros.
Del punto de
vista de la autenticidad, no propiamente en el sentido de genuinidad histórica
sino de obras inspiradas por Dios, los libros se clasifican en apócrifos y
canónicos; estos, a su vez, en protocanónicos y deuterocanónicos.
Libros apócrifos son
aquellos que no forman parte del canon, por no estar confirmada por la Iglesia
su autenticidad.
Libros canónicos son
aquellos que forman parte del canon, es decir, los reconocidos por la Iglesia
como inspirados o auténticos. Se clasifican en protocanónicos, aquellos cuya autenticidad
nunca fue discutida, y deuterocanónicos, aquellos que fueron objeto de
discusiones y controversias relativas a su autenticidad, pero luego entraron a
formar parte del canon.
Al producirse la escisión
religiosa que divide a los cristianos en católicos y protestantes, aquellos adoptan
el canon alejandrino y estos el hebreo. Por lo tanto:
§ Los hebreos aceptan solo
el Antiguo Testamento (libros
protocanónicos) y, de este, los treinta y nueve libros cuyo origen hebreo está
probado. Rechazan los apócrifos o deuterocanónicos.
§ Los protestantes aceptan
el canon hebreo, libros protocanónicos, y además el Nuevo Testamento con sus veintisiete libros.
§ Católicos y ortodoxos
admiten el canon alejandrino (cuarenta y seis libros) y además el Nuevo Testamento.
LAS
VERSIONES
Versiones griegas. — La más antigua de todas las traducciones de la Biblia (Antiguo Testamento) es la versión griega de los Setenta.
Los hebreos
de las colonias que desde muy remotos años se extendían por casi todo el mundo
antiguo, aun cuando permanecieron fieles a las creencias y ritos de sus padres,
adoptaron los idiomas de los países donde habitaban y algunos olvidaron por
completo su lengua de origen. Por esto sintieron la necesidad de traducciones
de la Biblia. La primera es la de los
Setenta, llamada así porque se
la atribuyó a otros tantos escribas reunidos para realizarla. Se la califica
también de alejandrina, por
haber sido hecha en Alejandría de Egipto, en la época de los Ptolomeos (siglos
III y II a.C.).
La autoridad
de los Setenta es muy alta; su versión en general es elegante y, lo que importa
más, ha procurado ceñirse al texto. Su canon es el que aceptó la Iglesia Católica.
Los evangelistas y demás autores del Nuevo
Testamento mostraron predilección por la Biblia de los Setenta, al extremo
de que en el Nuevo Testamento hay
trescientas citas del Antiguo que
corresponden a la versión alejandrina.
Versiones latinas. — La más antigua es la Vetus Latina (fines del siglo
II) y la más importante la de Jerónimo, que data de mediados del siglo IV. Jerónimo consagró su ciencia a reconstruir los textos, corrigiendo las
erratas. Su versión se llamó Vulgata, designación
que significa “de uso vulgar”, denominación que antes se reservaba a la de los
Setenta.
La Vulgata de Jerónimo es la versión
más difundida de la Biblia y la que
tuvo mayor trascendencia histórica.
Sobre ella
trabajó Lutero y de ella proceden la mayor parte de las traducciones bíblicas
realizadas en lenguas modernas.
CONSERVACIÓN DEL
TEXTO
La conservación de los
textos bíblicos tropezó con el mismo escollo que las demás obras clásicas de la
antigüedad: la fragilidad del material en que se escribía. El papiro (obtenido
de los tallos de dicha planta cortados longitudinalmente, desecados, prensados
y luego añadidos hasta formar una superficie cuadrangular) se escribía solo en
la parte interior, y sus extremos se sujetaban en soportes transversales que permitían
enrollarlo. De ahí la designación de Pentateuco para los cinco primeros libros de la Biblia, traducción griega
de la palabra hebrea referente a cinco rollos.
El papiro se desintegra
fácilmente en los climas húmedos, lo que también sucede con otros materiales
conservados durante siglos en grutas, tumbas o bajo capas de escombros y de
tierra, y que, al primer contacto con el aire cuando llegan a ellos los
excavadores y científicos, se deshacen, dejando apenas un polvillo grisáceo o
pardusco.
En la época helenística
se usó el pergamino, hecho con pieles ovinas y mucho más resistente que el
papiro, y cuyo uso permitió la forma de libro o códice, pero los judíos, hasta
hoy, conservan los rollos para el uso público.
Si bien la fragilidad
del material empleado constituía un obstáculo para la conservación de los
escritos, la reverencia que los textos sagrados suscitaban hizo que
generaciones de escribas se dedicaran a su copia minuciosa. El hecho de que su
alteración se considerase un sacrilegio aseguraba la fidelidad de las sucesivas
versiones, sin otros errores que los inevitables en este género de tareas.




