EVANGELIOS

El nombre “Evangelio” proviene de una palabra griega que significa “buena nueva”, “buena noticia”. En este caso, alude al advenimiento de Cristo, protagonista del Evangelio.
El Nuevo Testamento incluye una cuádruple versión de esa buena nueva y
distingue cada una con el nombre del autor al que tradicionalmente se atribuye: Evangelio según Mateo, según Marcos, según Lucas y según Juan. El Evangelio es, pues, uno solo, pero nos es comunicado a través del criterio y del estilo de cuatro redactores y con características acordes a la finalidad que cada uno de ellos persigue.
Estas cuatro versiones son llamadas “Evangelios canónicos” por oposición a los apócrifos, es decir, a otras obras de temas semejantes a las que la autoridad religiosa competente niega la calidad de “inspiradas”.

GÉNERO Y FORMAS LITERARIAS

Los Evangelios escapan a toda clasificación habitual: no son una biografía, aunque algunos elementos biográficos sirven de trama o sostén a la exposición doctrinaria; no son un tratado de historia aunque hoy nadie niega la historicidad de su protagonista y aunque los modernos descubrimientos confirmen la realidad histórica de muchos de sus personajes, de las costumbres y de los lugares en ellos mencionados; no son una novela de trama imaginaria porque en ellos priman los elementos históricos, aun cuando lo maravilloso, el milagro y la profecía tienen amplia e importante cabida; no son una mera exposición oratoria, si bien los discursos son muchos y fundamentales; tampoco son la simple manifestación, más o menos ordenada, de un acervo doctrinario.
Los evangelistas crearon, sin preocupación literaria, un género nuevo, perfectamente adecuado a la finalidad perseguida: comunicar a los hombres la buena nueva. En él participan los otros géneros conocidos, y así alternan la narración, el discurso, el diálogo, y predomina uno u otro de acuerdo a las circunstancias.
La narración, en primera o tercera persona, según la ocasión, puede referirse a hechos reales (presentados como tales) que constituyen la trama histórica, o a sucesos imaginarios relatados con finalidad didáctica, como la parábola y la alegoría.
El discurso es, en la mayoría de los casos, el procedimiento habitual de la enseñanza del Maestro. Presenta rica expresividad, abundancia de recursos (tales como exhortaciones, apóstrofes, metáforas, sentencias), inclusión de breves narraciones, recurrencia a la participación activa del oyente así transformado en interlocutor, condición esta última que supone el diálogo.
El diálogo aparece en dos formas: originando o rematando la exposición doctrinaria o exponiendo en sí mismo la doctrina.
Hay también otras formas: el Evangelio según Lucas incluye varios himnos en los capítulos dedicados a la infancia; ciertas citas de los Profetas conservan su forma poética; hay efusiones líricas, oraciones breves, y el Padre Nuestro como modelo de plegaria.
En cuanto al tratamiento del tema por los evangelistas, predomina la objetividad, aunque tamizada por las peculiaridades de la forma usada en cada caso y por las propias del estilo de cada uno.

AUTORES

La tradición religiosa, basada en citas de autores de los siglos II, III y IV y en
la ininterrumpida corriente oral, atribuye las cuatro versiones canónicas a Mateo (el publicano Levi que el mismo texto menciona y que fue discípulo directo del Maestro), a Marcos (discípulo y compañero del Apóstol Pedro), a Lucas (también autor de los Hechos Apostólicos y discípulo del Apóstol Pablo), y a Juan, “aquel a quien el Señor amaba”.
El primer Evangelio es escrito por Mateo que fue un publicano (aquellos que cobraban los impuestos para el imperio romano, y que solían quedarse con una parte importante de lo recogido). Este hombre sigue a Jesús desde la primera vez que lo ve, cuando Él le dice que deje todo y lo siga. Su Evangelio presentará a Jesús como el Rey de Reyes y para eso presentará toda la genealogía de Jesús demostrando así su linaje real.
El segundo Evangelio es el de Marcos. Este es más corto que los otros, pero tiene un propósito claro y es presentar a Cristo como un siervo, alguien que está al servicio y no como alguien que busca poder.
El tercer Evangelio es el de Lucas, que fue un médico y que no conoció a Jesús. Sin embargo, su testimonio se acepta porque es muy parecido al de los otros tres que sí conocieron directamente al Mesías. Lucas presenta a Cristo como hombre, tratando de mostrar sus actos lo más fielmente posible, para que podamos creer en los milagros que realiza.
El último Evangelio está escrito por Juan que ha sido el más amado por Jesús, es quien recuesta su cabeza en la última cena, el más cercano a él. Su Evangelio tiene por propósito presentar a Jesús como el Hijo de Dios. Así que para él no cabe duda que Jesús no solo es enviado por Dios, es Dios hecho hombre, es el Hijo de Dios y así lo presenta en su Evangelio, por eso es considerado el más teológico de los cuatro.

FUENTES

Dos fuentes sirvieron a los evangelistas para la composición de su obra: el conocimiento directo de los hechos, en el caso de Mateo y Juan, y la catequesis u exposición oral del Evangelio, mediante la cual los Apóstoles y primeros discípulos adoctrinaron a las gentes. Además, el análisis atento de los textos tal cual nos han llegado, permite suponer la existencia de otras fuentes: tradiciones particulares orales o escritas, documentos fragmentarios, y cada Evangelio según su antigüedad en el orden de composición, respecto a los posteriores.
El conocimiento directo es mencionado varias veces por Juan en su Evangelio y puede descubrírselo en ciertos fragmentos del texto de Mateo. Marcos, posible amanuense de Pedro, confiere tal realismo y tanta vivacidad, a sus relatos que, por ambas circunstancias, también en su caso podemos hablar de una experiencia casi personal de lo que narra.
En cuanto a la catequesis oral, conviene recordar que la buena nueva fue predicada oralmente antes de que se fijara por escrito. De acuerdo a una finalidad didáctica, los conocimientos que se quería trasmitir debieron ser seleccionados dentro de un vasto acervo, ordenados y sistematizados, por lo menos en sus líneas generales, para facilitar la tarea de adoctrinamiento y asegurar la necesaria información acerca de Jesús y de los puntos básicos de su enseñanza.

EL PROTAGONISTA DEL EVANGELIO

Los Evangelios presentan a Jesús como personaje histórico del cual dicen nombre, familia, linaje, amigos, género de vida, influencia; lo ubican en una época y en un lugar concretos, con sus condiciones ambientales, políticas, sociales, religiosas.
La Última Cena (Leonardo da Vinci)
Además de los Evangelios canónicos, tres grupos de obras confirman, en los siglos I y II, la historicidad de Jesús: de autores judíos, como el Talmud, la Midrash y Flavio Josefo; de autores gentiles como Tácito, Suetonio y Plinio el Joven; de autores cristianos, como las Epístolas de Pablo.
El Evangelio no solo dice de la existencia real de un hombre que vivió en determinado lugar y en determinado tiempo, sino que lo presenta como un arquetipo. En Jesús, la armoniosa conjunción de dotes y virtudes constituye una extraordinaria personalidad que resalta a través de todo el texto evangélico y lo muestra como el más perfecto y amable de los hombres.
Cristo crucificado (Diego Velázquez)
A esta figura tan rica y compleja, hay que añadir la de moralista que cambia con sus enseñanzas la escala de valores que rige la conducta humana. La verdad, la caridad y la humildad vividas y practicadas, deben sustituir a la hipocresía, al egoísmo y a la soberbia, y presidir las relaciones de todos los hombres entre sí, transformados en hermanos.
El Evangelio presenta a Jesús como un ser sobrehumano, con poderes maravillosos, que afirma de sí mismo que es Hijo de Dios y el Mesías prometido a Israel. Esta afirmación, solemnemente jurada en su proceso, lo hace reo de muerte, según sentencia el Sumo Sacerdote y ratifica el Sanedrín.

PALESTINA EN LA ÉPOCA DE JESÚS

En la época de la predicación de Jesús, Palestina formaba parte del Imperio Romano, como provincia adscripta a la de Siria y regida por un procurador que ejercía la autoridad política y militar. Se dividía en cuatro regiones: Judea al sur, núcleo cultural y religioso de la nación; Galilea al norte, en contacto con la gentilidad y por eso sospechosa de contaminación idolátrica y pagana para el criterio imperante en Judea; Samaría en el centro, y Perca al otro lado del Jordán.
Como vestigio de una organización política ya caducada, parte de Palestina contaba con un gobierno aparentemente nacional, en la persona de los tetrarcas. Después de la muerte de Herodes el Grande y a raíz de las disputas de sus hijos (los tetrarcas) y del encono suscitado en el pueblo por uno de ellos, Arquelao, en cuya jurisdicción quedaba Judea, Roma destituyó a este último y gobernó directamente esa región, supervisando celosamente, al mismo tiempo, a los otros tetrarcas, especialmente a Herodes Antipas a cuya circunscripción pertenecía Galilea.
La autoridad civil y religiosa estaba en manos del Gran Sanedrín, consejo
integrado por setenta y dos miembros elegidos entre la alta casta sacerdotal (los príncipes de los sacerdotes) y los notables (“ancianos”) que constituían la aristocracia intelectual, religiosa y social: escribas, fariseos y saduceos.
El Gran Sanedrín estaba presidido por el Sumo Sacerdote quien era nombrado por los romanos. Supremo tribunal en el pasado, este Consejo había visto menguadas su autoridad y su competencia, aunque no su prestigio; entendía en causas civiles y religiosas entre hebreos, pero las penas más graves (incluida la de muerte) quedaban reservadas al poder romano.
Los escribas eran los sabios de la Ley, sus intérpretes; también se les llama Doctores de la Ley, y el alcance de su labor se extendía tanto al fuero religioso como a su aplicación en el fuero civil. Eran los maestros y rectores intelectuales del pueblo.
Los fariseos constituían la aristocracia religiosa. Perteneciendo a distintas clases sociales y siendo laicos, se distinguían por la más rígida ortodoxia y la extrema minuciosidad en el cumplimiento de la Ley. Creían en la supervivencia de las almas de los muertos, en el juicio y en la sanción divinas en ultratumba, y tenían una profusa angelología. Odiaban al poder romano y el pueblo los veneraba como a justos y santos, aunque muchos de ellos habían endurecido su corazón, se habían envanecido ante la propia perfección mientras juzgaban pecadores a los demás y los despreciaban, y habían transformado la religión en el mero cumplimiento externo y minucioso de las disposiciones legales. Estos fariseos duros, soberbios e hipócritas son los fustigados por Jesús y formarán en el grupo de sus acérrimos enemigos.
Los saduceos, numerosos en el alto sacerdocio, formaban la aristocracia social y económica y tenían una actitud diferente frente a la Ley y frente a la vida. En teoría, eran más respetuosos de la Ley que los fariseos, pues no admitían junto a ella tradición ni interpretaciones; se atenían exclusivamente a la Ley escrita. En la práctica, como la evolución social durante diez o doce siglos planteaba, en la vida diaria, problemas que no se hallaban contemplados textualmente en la Torah, los saduceos, en vez de buscar, como los fariseos, su solución por la vía explicativa o la de afinidad, afirmaban que, cuando no había un texto expreso al respecto, cada uno quedaba en libertad para actuar a su gusto. Esta actitud favorecía su amistad y complicidad con el poder romano, su contaminación religiosa y moral mediante la adopción de la vida fastuosa de los gentiles, y contribuía, finalmente, a desprestigiar la auténtica piedad. Reducían al mínimo las prácticas religiosas, aunque se aprovechaban del prestigio y de los beneficios materiales que el sacerdocio les proporcionaba; negaban la vida de ultratumba, toda sanción posterior a la muerte y rechazaban la creencia en los ángeles. El pueblo los odiaba por juzgarlos traidores a Israel, por su desmesurada riqueza y su inmenso poderío.
Los publicanos y los samaritanos son mencionados frecuentemente en el Evangelio; ambos constituían grupos particularmente despreciables para los hebreos. Los primeros eran considerados traidores a su pueblo y opresores de sus hermanos: eran judíos que habían arrendado a Roma el derecho a cobrar los impuestos. Odiados, despreciados y temidos, su nombre fue sinónimo de pecador.
Los samaritanos se diferenciaban étnica y religiosamente de los judíos. Descendientes de los extranjeros que los asirios habían traído a Palestina para sustituir a los hebreos deportados, politeístas e idólatras en un principio, en contacto con los pocos judíos que habían escapado al destierro, llegaron a adoptar la Ley de Moisés, aunque practicaron, más bien, un sincretismo religioso. Al producirse el regreso de los cautivos, los samaritanos confiaban en ser incorporados al pueblo de Israel. Sin embargo, la rígida ortodoxia de los que retornaron, su exacerbado sentido de responsabilidad religiosa y su concepto de fidelidad al Pacto de Yahvé, impidieron tal asimilación. Así, excluidos de la Alianza y del culto de Jerusalén, se autodesignaron los verdaderos descendientes de Abraham, rechazaron todos los Libros Sagrados excepto la Torah o Ley en la que centraron su religión. Los judíos los odiaban y usaban su nombre como insulto.
La sinagoga – Si bien el culto se rendía exclusivamente en el Templo de Jerusalén, toda aldea y aun los diferentes barrios de la Ciudad Santa tenían lugares especiales de oración y estudio: eran las sinagogas. Anexas a ellas estaban las escuelas donde los niños se formaban en el conocimiento de la Ley. Allí no había sacrificio ni oblación de incienso ni participación del sacerdocio como tal; la lectura del texto sagrado, su explicación por uno de los presentes designado circunstancialmente, el canto de salmos y diversas plegarias, eran el objeto de la reunión sabática en la sinagoga.