La Edad Media comprende un extenso
período de casi diez siglos (siglo V al XV aproximadamente). Se extiende desde
la caída del Imperio Romano de Occidente en poder de los bárbaros, en el año
476, hasta la toma de Bizancio o Constantinopla en poder de los turcos, en el
año 1453.
La Edad Media fue considerada durante
muchos años como una época de barbarie, de oscurantismo, de retroceso. Sin
embargo, en la actualidad, se ha realizado una revaloración de este período y
se la considera como una de las épocas más ricas y fecundas de la historia,
admirable por la profundidad de su filosofía, por la visión orgánica y
sistemática de la vida, y la belleza de sus producciones artísticas y
literarias.
La Edad Media no es un período estático,
sino interiormente dinámico. Tan es así que podemos dividirla en dos grandes
etapas: del siglo V al X ubicamos lo que se denomina Alta Edad Media, mientras
que del X al XV hablamos de Baja Edad Media.
ALTA EDAD MEDIA - Tomando
como bloque el primer período es posible hablar de “oscurantismo” en la medida
que el derrumbe de las estructuras del Imperio Romano, la permanente amenaza de
los bárbaros y la supremacía religiosa de un cristianismo que pone énfasis en
la vida ultraterrenal, traen aparejados la imagen de un hombre culpable por el
hecho de ser tal, abrumado por la evidencia del fin del mundo y su casi
inevitable perdición.
En el plano de la teología es de
destacar el pensamiento de San Agustín (siglo V), quien ve la evolución de la
historia humana como una manifestación de la voluntad de Dios: todo lo que ha
sucedido o sucederá no es más que una manifestación de un plan divino. El
hombre, ser imperfecto por naturaleza, es, para este pensador, salvado
únicamente por la gracia divina que elige para estos fines solo a unos pocos,
mientras la inmensa mayoría será condenada a las llamas del infierno.
En el plano intelectual esta época se
caracteriza porque en ella la idea de progreso es completamente desconocida.
Tampoco tiene este período ningún sentido para el valor de lo nuevo. Busca, más
bien, conservar fielmente lo antiguo y lo tradicional. Es esta una época
tranquila, segura de sí misma, robusta en su fe, que no duda de la validez de
su concepción de la verdad ni de sus leyes morales, que no conoce ningún
conflicto del espíritu ni ningún problema de conciencia, que no siente deseos
de novedad ni se cansa de lo viejo.
Sobre el fin de este período, y como
coronación del espíritu del mismo, se
impone en arquitectura el estilo
románico, las llamadas “fortalezas de Dios”, edificaciones caracterizadas por
su pesadez, sus gruesas paredes, sus escasas aberturas que impiden el contacto
con el exterior, hablan de un hombre encerrado, temeroso de lo externo y
agobiado por la presencia de un dios distante y duro.
BAJA EDAD MEDIA - Un renacer
en todos los planos de la actividad humana se afirma decididamente en Europa
alrededor del año 950. Hubo multiplicidad de cambios: las ciudades, las grandes
ausentes del período anterior, comienzan a resurgir y vuelven a ser el lugar de
encuentro y de puesta en contacto con el mundo; se dan los comienzos de una
economía monetaria y mercantil, aumenta la producción tanto de productos
agrícolas como manufacturados, los caminos se animan y comienzan a llenarse de
mercaderes y viajeros, las clases altas descubren el placer de aparentar, de
brillar en los acontecimientos mundanos, y el lujo en el vestido, en la mesa o
en la ornamentación de la casa comienza a ser un signo de poder y una forma de
disfrute de lo terrenal y cotidiano.
La Iglesia acompaña el movimiento
procurando disciplinar su clero y la actividad de los laicos. La visión de la
divinidad cambia y ahora el hombre se siente protegido por un amoroso ser
superior al cual puede llegar a través de la invocación de los santos o de la
virgen. Si mencionamos a San Agustín como representante del pensamiento
religioso del primer período, debemos hacer ahora lo mismo con Santo Tomás de
Aquino, quien manifestaba su confianza en la posibilidad del hombre de
comprender las verdades mediante la razón y planteaba el destino de la
salvación de los mortales, confiando en un racional plan divino dirigido a
tales fines.
En el plano de la educación el avance
es notable, y esta actividad, que se va independizando lentamente del poder de
la Iglesia, es reflejo y también promotora de grandes cambios; ya en el siglo
XII tenemos las universidades de Bolonia y París que constituyen centros
valiosos para la enseñanza profesional del Derecho, la Medicina y la Teología.
En arquitectura la aparición del estilo
gótico da lugar al cambio más profundo
de la historia del arte moderno; la
catedral ya no se aferra a la tierra, sino que se lanza a la búsqueda de las
alturas con sus múltiples torres terminadas en agujas, los muros se adelgazan y
la luz entra a raudales. El hombre se yergue nuevamente sobre la tierra y,
aunque no olvida la posibilidad de los castigos del más allá, ahora esta vida
lo invita a disfrutar, se plantea como digna de ser vivida. El culto a la
Virgen María pasa a un primer plano y se la ve como intermediaria ideal entre
el hombre y Dios.
El oscurantismo ha dado paso a la luz,
la desesperanza a la fe, la valoración de lo ultraterrenal a la valoración de
lo que pertenece a este mundo.
LA LITERATURA - La lengua, desprendida del latín original, a lo largo de la Edad Media
va a evolucionar hacia lo que conocemos como lenguas romances. Si bien el latín
conservará su puesto como lengua erudita, poco a poco estas nuevas
manifestaciones lingüísticas irán ganando terreno hasta llegar al punto de
poder expresar poéticamente todas las inquietudes del hombre.
Esta literatura da sus primeros frutos en la épica, y
es así que surgen los “cantares de gesta”, narraciones poetizadas de las
aventuras de héroes. Pero es la lírica que sentará las bases de la sensibilidad
occidental. Podemos marcar el desarrollo de este género en tres grandes pasos:
lírica trovadoresca, la escuela de Sicilia y Dolce Stil Novo, donde encontramos
a Dante.
LÍRICA
TROVADORESCA - Llamamos así a
la poesía cultivada por los trovadores que entre los siglos XI y XII escribieron
en la lengua románica que se conoce con el nombre de “provenzal”.
El trovador es el poeta que, además de escribir sus
versos, compone la
música con la que deben ser acompañados; es esta pues una
poesía destinada a ser cantada y a ser escuchada por un público que, en su
mayoría y más aún si la ejecución se daba en la plaza, es analfabeto.
La cultura del trovador es amplia ya que no solo debe
ceñir su poesía a moldes estróficos fijos, sino que también debe tener los
conocimientos musicales necesarios como para componer la música; el juglar, que
es el que ejecuta las composiciones, no debe poseer una formación tan acabada,
bastándole para el ejercicio de su profesión entonar bien y ejecutar al menos
un instrumento, aparte de que generalmente acompañaba la misma con cabriolas y
toda suerte de trucos.
Socialmente los trovadores pertenecen, generalmente, a
clases altas, a diferencia de los juglares, pero ambos gozan de la
consideración de los nobles que aprecian en mucho su poesía.
A partir del siglo XII las costumbres sociales
evolucionan hacia un mayor refinamiento; la vivienda señorial se hace más
refinada y las reuniones sociales son habituales. La mujer, vista hasta ahora
únicamente como un objeto doméstico degradado incluso en la medida que era la
cuna del pecado, comienza a ejercer un rol protagónico como señora del castillo
y centro de esta vida social incipiente. En este marco, la lírica trovadoresca
desarrolla un concepto de amor, el amor cortés, que implica una traslación del
vasallaje político al campo sentimental: la dama es el ser superior al que el
enamorado rinde culto y ofrece su vida como servicio, de tal manera que la
llama “midons”, mi señora. Este sentimiento exige de la discreción del poeta en
la medida que la amada ha de ser, casi forzosamente, casada; es este, pues, un
amor adúltero basado en el principio de que no puede haber “buen amor
verdadero” en el matrimonio. La dama aparece como figura idealizada,
generalmente distante, vista como poseedora de las máximas virtudes, tanto
físicas como morales, origen y destinataria del hacer poético.
LA ESCUELA DE
SICILIA - En la corte de
Federico II (1194-1250), y luego en la de su hijo Manfredi muerto en 1266, se
sitúa el centro de la vida intelectual de este momento. Allí tuvieron lugar las
primeras traducciones (a partir del árabe y del griego) de los textos
filosóficos y científicos de la Antigüedad, y también, en ese ambiente de
refinada aristocracia, surgen numerosos poetas. Nacidos en diversas ciudades
italianas, son llamados todos “sicilianos” ya que el Emperador tenía el título
de Rey de Sicilia.
El mérito de ser la primera escuela de lírica italiana
no impide reconocer el
hecho de su falta de originalidad; estos poetas repiten
los temas, los motivos y hasta la misma métrica de la poesía provenzal. La dama
es lejana, bella y soberbia como señora feudal, y el poeta le habla como
vasallo en tono de extrema humildad. La monotonía que implica la repetición es
disimulada por una habilidad técnica muy importante y presente en casi todos
ellos.
Después de 1266, el centro de las actividad cultural y
literaria se desplaza a Toscana (Florencia), donde en un primer momento se va a
encontrar las mismas normas estéticas que comienzan a evolucionar hasta
encontrar una voz propia en los poetas del Dolce Stil Novo.
LA POESÍA DEL DOLCE STIL NOVO - Vinculados estrechamente a la concepción de amor
cortés tal como lo cantaban los
trovadores provenzales, procurando reacción contra las convenciones y la frialdad de las composiciones de la escuela siciliana, los poetas del Dolce Stil
profundizan en los conceptos heredados de esta tradición lírica hasta el punto
de elaborar una verdadera filosofía del amor que toma forma en creaciones reveladoras de un gran dominio técnico y una
exquisita sensibilidad.
Los integrantes de esta nueva escuela son: Guido
Guinizelli, Guido Cavalcanti,
Cino da Pistoia y el mismo Dante.
Uno de los conceptos
más importantes de esta escuela lírica es la correspondencia entre amor y
corazón gentil. Esta gentileza espiritual no debe entenderse como nobleza de
sangre o producto de la herencia sino como la posesión de las cualidades
imprescindibles para sentir amor.
Existen juntos el uno y el otro (corazón gentil y amor) y por tanto su unión es
indisoluble y va mucho más allá de la voluntad o cualquier otro poder.
La figura de la dama,
idealizada ya por la lírica trovadoresca, llega en el Dolce Stil a su punto
culminante, y su belleza física y espiritual es el estímulo para hacer vibrar lo
más noble del corazón del amante, el mismo poeta, que encuentra, a través de
ella el camino a la perfección, a la verdad. La idealización más pura del
stilnovismo es la imagen de la “donna angelicata”, la mujer ángel.
En el corazón gentil irrumpe el amor ante la visión de
la dama, esa fuerza amable pero feroz a la vez, enajenante, produce todo un
registro de particulares sensaciones, pensamientos, placeres y dolores, y el
poeta del Dolce Stil se vuelca complacido a la contemplación de sí mismo y a la
recreación poética de todo lo que pasa dentro de su pecho. Amar, sufrir, gozar,
pero, sobre todo, complacerse en el sentimiento, recrearlo, analizarlo, he ahí
uno de los grandes hallazgos de este movimiento. Mientras que la mujer aparece
como una sonrisa o una mirada distante, los estremecimientos del alma que ella
produce son seguidos punto por punto; en definitiva, hay un enamoramiento de
verse amar que se explota líricamente.
Pero ser víctima de “Amor” significa el ingreso a un
mundo extraño, casi sobrenatural, y si es un signo de distinción de espíritu
poder sentir de esta forma, también es una condena, un terrible dolor que se
vincula con la muerte.



