INFORMACIÓN PARA HOMERO

 INTRODUCCIÓN

 

Los griegos, de origen indoeuropeo, llegaron a la península Balcánica en distintas corrientes migratorias hacia comienzos del segundo milenio a. de C. Los primeros fueron los aqueos (jonios y eolios). Los territorios que ocuparon progresivamente estaban habitados por otros pueblos a quienes los griegos dieron el nombre de pelasgos. El contacto con la cultura cretense o minoica que se hallaba en su apogeo, dio origen, hacia el 1500 a. de C., a la notable civilización micénica que tuvo como centro la ciudad de Micenas en el Peloponeso y que se eclipsó alrededor del 1200 con la llegada de otra rama del pueblo griego: los dorios. Ante la presión de los nuevos invasores, una parte de los jonios se replegó en la pequeña península del Ática y en la vecina isla de Eubea, y otra cruzó el Egeo y se estableció en Jonia, en la costa occidental del Asia Menor.

Se ha llamado Edad Oscura al período comprendido entre la llegada de los dorios y el siglo VIII a. de C., época en que se consolidan las ciudades-estados (polis) y los griegos inician, con la colonización, su expansión económica y cultural.

La antigua Grecia comprendía numerosos estados independientes diseminados por la península Balcánica, el oeste de Asia Menor, el sur de Italia y las islas del Egeo, separadas entre sí por las fronteras naturales del mar o la montaña.


Las ciudades-estados (polis) eran autónomas y autárquicas, y su territorio pequeño. Muchas veces se suscitaron guerras entre las distintas polis y también se concertaban alianzas. La polis era tan natural para los griegos, que la unificación de la Hélade solo fue posible merced a la intervención de una potencia extranjera: Macedonia.

El período de cuatro siglos en que se produce lo más original de la cultura griega, es el mismo que va desde los comienzos de la polis hasta su decadencia (siglos VIII a V a. de C.).

  Aunque Grecia era un mosaico de ciudades-estados con sus localismos, diferencias dialectales y formas diversas de organización, los griegos tenían plena conciencia de su unidad como pueblo, por su origen común, por hablar la misma lengua y por creer en los mismos dioses.

 

DIALECTOS

 

La Hélade comprendía a todos aquellos que hablaban griego, ya vivieran en Grecia, Asia, o el sur de Italia. Cada ciudad tenía su propio dialecto, pero por encima de los innumerables matices existían tres grandes grupos dialectales: el jónico-ático, el dorio y el eolio, que se diferenciaban por el vocabulario, la pronunciación y las formas e inflexiones de las palabras.

El jonio, dialecto de Homero, se hablaba en las ciudades jonias del Asia Menor y en la mayoría de las islas del Egeo. Una rama del jonio era el ático, dialecto que predominó temporariamente en el siglo IV a. de C. merced al esplendor cultural de Atenas, y que fue la base de la koiné[1].

El dorio se hablaba, entre otros lugares, en Corinto, Laconia y Creta, y en muchas colonias del sur de Italia. Los poetas trágicos lo emplearon en la composición de las partes corales.

El eolio se hablaba en la Eólida (Asia Menor), en Lesbos, en el norte de Tesalia y en Beocia.

Los griegos comprendían sin mayores dificultades los distintos dialectos y era bastante común el hecho de que diferentes formas dialectales convivieran en una misma obra literaria.

 

RELIGIÓN

 

 En la religión de los griegos, antropomórfica y politeísta, se combinaron cultos y creencias de las viejas culturas mediterráneas con las de origen indoeuropeo. Como cada ciudad-estado poseía sus cultos y rituales, son notables las variantes de los mitos. La importancia de cada una de las divinidades y las relaciones entre ellas variaban no solo en el tiempo y en el espacio, sino también en las manifestaciones religiosas de las distintas capas sociales.

En el panteón griego había doce divinidades principales, secundadas por dioses menores. Aparte de los dioses olímpicos, eran numerosísimas las divinidades locales y los semidioses o héroes deificados.

Por encima de la pluralidad de cultos y creencias, ciertas circunstancias, como los festivales religiosos a los que acudían griegos de toda la Hélade, contribuían a reafirmar la unidad espiritual. Gran importancia tuvieron en tal sentido los oráculos, en particular el de Delfos, a donde se iba a consultar al dios Apolo acerca del futuro.

Los dioses griegos, si bien se diferencian de los mortales por el poder y la inmortalidad, tienen las mismas debilidades que estos pues están sujetos a las pasiones humanas. A menudo se mezclan en los asuntos de los humanos y suelen mantener con ellos relaciones amorosas.

Además de estas divinidades olímpicas, es preciso mencionar a algunas de aquellas que representaban fuerzas morales como Temis (la Justicia), Némesis (Asignadora) que velaba por los justos límites y perseguía, implacable, los excesos y las ofensas, y Ate (Fatalidad) que empujaba a los hombres a su ruina.


El Destino estaba representado por las Moiras o Parcas (más frecuentemente se usa el singular Moira), que en Homero son más poderosas que los dioses y que posteriormente fueron las ejecutoras de la voluntad de Zeus: Cloto hilaba la hebra de la vida, Laquesis la sostenía y cuidaba, y Atropos la cortaba.

 

LA POESÍA ÉPICA

 

La poesía épica[2] se caracteriza por la narración y la objetividad. Es una poesía impersonal, el autor desaparece. Utiliza el verso, trata leyendas y mitos, a los que se incorporan las creaciones imaginativas del autor.

La epopeya es una narración poética y versificada de considerable extensión, cuyo asunto se refiere a una acción grandiosa y extraordinaria, en la que interviene lo maravilloso. Por su grandeza, la epopeya tiene interés universal y generalmente tiene carácter nacional, porque refleja las creencias e ideas fundamentales de un pueblo o de una civilización.

El metro usado fue el hexámetro que, como todos los metros griegos, se medía por el número de sílabas largas y breves que se iban alternando (se consideraba que una sílaba larga equivalía a dos breves).

 

Aedos y rapsodas – Los aedos[3] cantaban las hazañas de los héroes. Existían desde tiempos remotísimos. En la Ilíada no aparece el aedo profesional; en cambio, en la Odisea sí: Femio en Ítaca y Demódoco en el País de los Feacios. La Ilíada y la Odisea comienzan con una invocación como si en realidad fueran los dioses o las musas quienes cantaran por boca del poeta. Por ese motivo los aedos eran considerados como personas sagradas, inspiradas por los dioses.

Pero además de la inspiración, el arte de los aedos es producto de la escuela: conocimiento de los mitos y leyendas, de la técnica del verso, de la música y de la declamación.


Existían familias de aedos que transmitían de padres a hijos el conocimiento técnico de la composición y de la ejecución. No siempre los integrantes de esas familias de aedos estaban unidos por vínculos de parentesco; muchas veces era grupos de poetas que formaban una escuela para aprendizaje y trasmisión de su arte.

En una época posterior, aparecen los rapsodas[4], de origen jónico, que difundieron la poesía épica de los jonios por toda Grecia. Los rapsodas recitaban, sin acompañamiento musical, poemas ajenos, los armonizaban y los repetían introduciendo algunas modificaciones; generalmente intervenían en las fiestas religiosas, y se presentaban llevando en la mano una rama de laurel, símbolo de su condición.

Ordenando lo expuesto, podemos precisar tres diferencias fundamentales entre aedos y rapsodas:

1a) Del punto de vista cronológico los aedos son anteriores a los rapsodas.

2a) Del punto de vista de la composición y originalidad, los aedos recitaban sus propias canciones, frecuentemente improvisadas. Los rapsodas, en cambio, recitaban poemas ajenos.

3a) Del punto de vista de la ejecución, los aedos recitaban acompañados de un instrumento musical, la cítara o “forminx”; los rapsodas, en cambio, recitaban simplemente, es decir, sin acompañamiento de música, llevando en la mano una rama de laurel.

 

Formas de la poesía épica – Dentro de la épica griega encontramos tres formas de epopeya: heroica, didáctica y burlesca.

1°) Epopeya heroica: poemas homéricos y cíclicos. - Los poemas homéricos, Ilíada y Odisea, constituyen los monumentos literarios más antiguos de Grecia. Son las únicas epopeyas heroicas que se conservan íntegramente y, según la tradición fueron las de mayor mérito artístico.

No se sabe con certeza la época de su composición; se remontan aproximadamente al siglo IX a. de C. Se supone que la Ilíada es anterior a la Odisea.

Además de los poemas homéricos, están las epopeyas cíclicas, que son algo posteriores, y si bien se supone que no eran tan perfectas, tuvieron, en cambio, gran importancia histórica, porque los grandes trágicos sacaron sus asuntos de sus tragedias principalmente de estas obras. Estas epopeyas se han perdido, solo se conservan algunos fragmentos. Las epopeyas cíclicas se denominan así porque en su conjunto desarrollan el ciclo legendario completo que va desde el origen del mundo y de los dioses hasta el fin de la época de los héroes.

La palabra ciclo tiene un sentido más estricto: conjunto de epopeyas relativas a un asunto determinado. Los más importantes eran el ciclo tebano y el ciclo troyano, relativos a las guerras de Tebas y de Troya.

2°) Epopeya didáctica: poemas hesiódicos. - Junto a las epopeyas cíclicas existen los poemas hesiódicos. El centro de esta poesía es la propia Grecia continental.

Esta poesía se refiere a la vida de tierra firme, laboriosa, rústica, más en contacto con la naturaleza, más realista. Es una poesía de menos imaginación, más utilitaria y educativa.

La belleza, fin principal de los poemas homéricos, aparece subordinada al fin didáctico. Hesíodo pertenece al siglo VIII, es posterior a Homero; es el poeta de la paz.

3°) Poemas épico-burlescos. - La epopeya burlesca está representada por La Batracomiomaquia y por El Margites.

 

HOMERO

 


¿Existió Homero? Esta pregunta que suscitó las más encontradas opiniones y teorías en los tiempos modernos, configurando lo que se conoció como la Cuestión Homérica[5], no preocupaba, al parecer, a los antiguos, que daban por sentada la existencia del poeta de la Ilíada y la Odisea. A lo sumo se discutía acerca de dónde había nacido (siete ciudades se disputaban ese honor), y en qué época.

Se conservan ocho biografías homéricas, que han llegado a nosotros en versiones tardías y cuyo contenido se reputa generalmente como legendario.

En cuanto a la época de composición de los poemas, existen grandes discrepancias entre los testimonios de los antiguos. Algunos consideraban al poeta contemporáneo de la Guerra de Troya, otros posterior en uno o varios siglos.

Para los griegos, ambos poemas eran la base de la educación. Desde la infancia, el antiguo griego se familiarizaba con Homero: se lo estudiaba en la escuela; en el teatro era frecuente encontrarse con personajes y temas tomados de sus epopeyas; políticos y oradores lo citaba a menudo; artistas y poetas hallaban en él inagotable fuente de inspiración. 


 

LA ILÍADA Y LA ODISEA

 

Ambos poemas tienen que ver con la Guerra de Troya (Ilión), aunque ninguno trata en su totalidad la expedición aquea contra aquella ciudad del Asia Menor[6].

La Ilíada se refiere a algunos episodios del año décimo de la contienda, que no abarcan más de cincuenta días. La Odisea canta el regreso de Odiseo a su patria tras diez años de andar errante después de la caída de Troya.

El tema principal de la Ilíada es la cólera de Aquiles. A este motivo central aparecen asociados muchos otros: las escenas en Troya, los sucesos evocados por distintos personajes, los combates singulares y las frecuentes intervenciones de los dioses en los asuntos humanos, ya sea mezclándose entre los hombres, ya deliberando en el Olimpo. De todos modos, Aquiles es la figura central, y su larga ausencia gravita de modo decisivo en los acontecimientos.

La Ilíada comienza in media res[7]. El poeta no nos informa del estado de cosas en la contienda aqueo-troyana al iniciarse el relato. El final es trunco, si bien se presiente la pronta destrucción de la ciudad de Ilión.

La Odisea, por su parte, ofrece una estructura distinta. Revela mayor unidad de composición con sus tres partes bien diferenciadas: 1) El viaje de Telémaco, que sale en busca de su padre, luego de veinte años de ausencia; 2) Los relatos de Odiseo en el País de los Feacios, a donde llega después de liberado del cautiverio de la ninfa Calipso, y 3) La llegada de Odiseo a su reino, Ítaca. El relato resulta más equilibrado que la Ilíada y, a la vez, más novelesco. Los acontecimientos, centrados en torno a la figura de Odiseo, conducen a feliz término.

La Ilíada no es un simple relato de batallas entre bandos contrarios. La guerra es más que nada, una circunstancia en la que se juega, con toda intensidad, el drama del hombre enfrentado a su destino. Y esa circunstancia es a veces deplorada por el propio héroe que suele meditar sobre el sinsentido de la guerra a la que acudió en procura de gloria, fama y riquezas.

A los héroes no les basta la fama obtenida en la acción guerrera, necesitan que su gloria (kydos) sea visible, y esto se logra mediante la posesión de riquezas. La abundancia de las mismas acrecienta la gloria. Por eso se muestran tan celosos en el reparto del botín. La cólera de Aquiles está motivada por el hecho de que el héroe ha sido despojado de una parte de la recompensa recibida.

Según el modelo homérico, el héroe, además de rico, debe ser valiente, hermoso, astuto, inteligente, capaz de sofrenar sus impulsos; este conjunto de virtudes está comprendido dentro del concepto griego de areté. La areté de la mujer comprende la castidad, el pudor, el amor a la verdad y, naturalmente, la belleza. Es preciso señalar que en la areté no existen fronteras entre lo que nosotros llamamos virtudes morales y destreza física. La belleza corporal es tan importante que puede un héroe incurrir en graves faltas morales sin menoscabo total de su condición, pero resulta inimaginable el más mínimo rasgo de fealdad física. De todos modos, la areté supone un ideal equilibrio entre lo físico y lo moral, que se rompe cuando el hombre comete pecado de exceso (hybris) o bien se destruye con la muerte.

La sofrosine o moderación, que atempera las pasiones e impide que el hombre se exceda y peque, excitando el enojo de los dioses, es una virtud que se manifiesta con más frecuencia en los ancianos que en los jóvenes guerreros con ánimo fogoso. Pero que el hombre pueda o no alcanzar el equilibrio, la realización plena de su areté, no depende de su voluntad, sino de la Moira (destino) que se cumple inexorablemente. El hombre es un juguete del destino y de los dioses.

El heroísmo no se exterioriza solo en la guerra, sino en todas las circunstancias de la vida. En la Odisea la Guerra de Troya aparece como un acontecimiento lejano. El relato se centra en Odiseo quien debe afrontar las más duras vicisitudes antes de poder regresar a su patria tras dos décadas de ausencia.  

 

LA CULTURA HOMÉRICA - EL IDEAL HEROICO

 

Humanismo – En el centro de la cultura evocada en los poemas homéricos encontramos un elemento alrededor del que se disponen los demás: el hombre. Enlazados y vinculados a este encontramos a los dioses y a la naturaleza. Se tiene del hombre, pues, un concepto muy elevado, delineándose claramente el individualismo. No obstante, el hombre está sujeto a ciertas normas éticas comunes y reconoce la noción de justicia.

 

Nobleza y areté – Los poemas homéricos nos presentan la vida e ideales de una determinada clase social: la nobleza. Es por ello que los poemas tienen un carácter eminentemente aristocrático. Los personajes que intervienen son todos hombres ilustres, héroes y dioses. El abolengo es uno de los elementos que determinan la superioridad de la nobleza sobre los demás mortales. Algunos héroes, como Aquiles y Odiseo, hacen remontar su ascendencia hasta los mismos dioses.

Junto al abolengo y formando con él un todo inseparable, se encuentra la areté. Tenemos en la areté dos aspectos: uno espiritual e intelectual (el ágora) y otro corporal y físico (el combate). Los personajes homéricos, en su afán de mantener y aumentar su areté, rivalizan entre sí continuamente: en la lucha, para manifestar su superioridad como guerreros, y en la paz, en los juegos, para tratar de superarse unos a otros. La areté mantenida y aumentada merece la honra y el elogio, el honor (aidós); el quebrantamiento de la areté provoca un sentimiento de general reprobación (némesis). Por otra parte, el respeto de la areté ajena es un deber de la propia areté y aquel que no respeta la de los demás pierde la suya propia.

 

Sentido del honor – El honor, pues, en la nobleza homérica, no es un sentimiento subjetivo, resultado de la conciencia individual o del propio valer íntimo, sino que es el resultado de la opinión exterior: tenía honor aquel que era elogiado por la sociedad.

Velar por su honor era deber de todo héroe; de ahí ese afán de figurar en primer plano, tanto frente a sus enemigos como frente a sus compatriotas, en la guerra o en la paz. El honor está, pues, íntimamente ligado a la areté, y cada héroe exige que los demás le tributen el honor que esta pide. Así, por ejemplo, la actitud de Aquiles cuando Agamenón le quita a Briseida, era comprensible y justificable para sus contemporáneos, ya que al quitarle lo que le era debido, habría inferido una ofensa a su honor, desconociendo su areté. Zeus justifica la actitud de Aquiles al acceder a las súplicas de Tetis, madre del héroe, que pide por él que los aqueos sean derrotados mientras no reparen la ofensa.

La ofensa del honor tiene una inmensa importancia. La Guerra de Troya se produjo por la ofensa inferida por Paris al honor de Menelao al raptar aquel la esposa de este. Es para restablecer ese honor y para borrar la injuria que se organiza la expedición a Troya.

La gloria adquirida por el héroe no dura solo mientras vive, sino que se perpetúa después de la muerte, en los cantos de los aedos, al extremo de que Alcínoo expresa que los dioses decretaron la ruina de Troya y la muerte de tantos héroes para que estos temas sirvieran “a los venideros de asunto para sus cantos” (Ilíada, canto VI, v. 358).

 

Cortesía y belleza física – La cortesía se manifiesta claramente en la vida social: en sus maneras, los héroes homéricos son de una distinción y corrección irreprochables.

Por otra parte, a los personajes homéricos se les supone hermosos. No es necesario por ello que se describa su belleza. La belleza física está íntimamente ligada al linaje del personaje.

 

Sentimiento patriótico – Los héroes, además de por la gloria individual, combaten por el amor a su familia y a su patria.

La ofensa inferida al honor de Menelao aparece como una ofensa a la nación aquea. Por esto, la Guerra de Troya sería una guerra justa para los griegos, puesto que van a reivindicar el honor ultrajado, y también para los troyanos, puesto que defienden a su patria.

 

INSTITUCIONES POLÍTICAS Y SOCIALES

 

La ciudad. Sencillez del mundo homérico. – En los poemas homéricos está ausente la gran ciudad, a pesar de que ya había aparecido en la época de su composición. La vida que se desarrolla en los poemas es muy sencilla. En la escena de la embajada de Aquiles, este y su amigo Patroclo preparan ellos mismos la comida de sus huéspedes (Ilíada, canto IX, v. 205).

 

Constitución de la familia. Posición de la mujer. – En los poemas homéricos la familia aquea es monogámica. Por el contrario, entre los troyanos, la del rey Príamo es poligámica, es decir, que tiene un serrallo donde se alojan sus muchas esposas. A pesar de ello, solo Hécuba es su mujer legítima, y solo sus hijos pueden aspirar al trono. Estos, a su vez, no tienen varias esposas, sino que, al igual que los aqueos, poseen una sola.

Los poemas homéricos sitúan a la mujer en un plano muy alto, especialmente en la Odisea.

 

Régimen político. Normas éticas y jurídicas – El régimen político, en los poemas homéricos, es una monarquía limitada por una poderosa aristocracia.

En esta organización monárquico-aristocrática del estado homérico, hay ciertas normas que regulan la conducta de los hombres más o menos satisfactoriamente: son las normas éticas y las normas jurídicas.

El hombre homérico tiene íntimamente arraigadas las ideas del deber individual y de la justicia distributiva, es decir, dar a cada uno lo que le corresponde.

La principal de las normas ético-jurídicas es la de la hospitalidad, norma violada por Paris al raptar a Helena; la Guerra de Troya es, pues, una guerra vindicativa, que tiende a reparar la violación de esa norma.

 

LO MARAVILLOSO - LA RELIGIÓN HOMÉRICA

 

Uno de los elementos esenciales en la epopeya es la intervención de lo sobrenatural y de lo maravilloso, ya como concepción mitológica, ya como simple artificio poético.

Lo maravilloso, en los poemas homéricos, es una combinación indestructible de mitos y de elementos poéticos, en forma tal, que es muy difícil distinguir las ideas religiosas del autor del empleo de lo maravilloso como recurso poético destinado a embellecer la obra o como máquina, procedimiento utilizado para cortar o resolver una trama que por medios naturales no se puede desatar, o bien para solucionar una situación difícil, de la que el poeta no puede salir, o para dar apariencia de verosimilitud a lo que es naturalmente inverosímil.

La intervención de los dioses en Homero es grande, siendo, en este sentido, las obras homéricas intensamente religiosas. En efecto, no se concibe ningún acto del hombre de cierta trascendencia sin la intervención de los dioses, que a veces aparecen mezclados hasta en los hechos más triviales.

La religión homérica es politeísta, pues reconoce pluralidad de dioses, y antropomórfica, porque concibe a los dioses a semejanza de los hombres, tanto física como espiritualmente. Constituyen algo así como una aristocracia inmortal. Se distinguen de los hombres en que no están sujetos a la muerte, aunque son vulnerables y sensibles al dolor. Así Diomedes, en el canto V de la Ilíada, hiere en la muñeca a Afrodita, que huye lamentándose.

Desde el punto de vista moral, los dioses homéricos son despreciables; egoístas y caprichosos, injustos y arbitrarios; aparecen dominados por las pasiones. En sus relaciones entre sí, no se guardan lealtad alguna, y combaten los unos contra los otros.

 

Relaciones de los dioses con los hombres – No sienten ni piedad ni amor hacia los hombres. Todo lo olvidan las deidades del Olimpo en el momento en que van a iniciar el banquete que es, para ellos, su mayor satisfacción.

Los dioses conviven con los hombres, apareciéndoseles con frecuencia, ya sea adoptando una figura o modo habitual, por el que se los reconoce de inmediato, ya sea haciendo sentir su influencia sin tomar figura humana.

Aunque la influencia de los dioses sobre los mortales no anula para nada la libertad de estos, los hombres les atribuyen sus triunfos y sus derrotas, sus virtudes y sus defectos, la felicidad o la muerte. El hombre, pues, precisa del apoyo de los dioses y para lograrlo les ofrece sacrificios y oblaciones.

 

Creencias sobre el alma y sobre la muerte – Dentro del hombre corporal existía, según creencias homéricas, un “yo” interior, denominado thimós. Además del concepto de thimós, encontramos en los poemas homéricos el de psyché. La psyché es algo confuso y vago, semejante al alma, y que representa la vida. La muerte sería, pues, la separación del cuerpo y la psyché.

No existe propiamente la creencia en la inmortalidad del alma. Las sombras de los muertos vagan por el Hades como sombras o imágenes del cuerpo.

Esta elemental concepción de la vida de ultratumba no implica la idea de la existencia de castigos y recompensas en el más allá.

 

PROCEDIMIENTOS ESTILÍSTICOS

 

El estilo homérico se caracteriza por una gran variedad; desde lo más sobrio y conciso se eleva hasta lo más vehemente y sublime.

La realización de este estilo depende de una serie de procedimientos:

 

Narración – Podemos atribuir los siguientes caracteres a la narración homérica:

1°) Objetividad. - La narración se caracteriza, en primer término, por una objetividad casi absoluta. El poeta se oculta detrás de los hechos que narra, por lo general sin que intervenga con juicios en ellos. Raras veces el poeta escapa a esta regla. Tal es el caso de las manifestaciones de simpatía y admiración hacia los héroes caídos en la lucha, que hace con motivo de la muerte de Héctor.

2°) Ausencia de expectación. - El interés que despierta la lectura de la obra no se debe en modo alguno al ficticio procedimiento de ocultar el desenlace, sino que, por el contrario, se debe pura y exclusivamente al modo como se desarrollan los hechos. Así, el poeta nos anuncia la muerte de Patroclo cuando este pide a Aquiles su armadura para entrar en combate. Dice el poeta: “…el muy insensato, y con ello llamaba a la Parca y a la terrible muerte” (Ilíada, canto XVI, v. 46). Sin embargo, nuestro interés por las escenas siguientes no disminuye.

3°) Serenidad y equilibrio en el curso de la narración. - La narración homérica oscila entre un majestuoso sosiego y una extrema brevedad. Es sosegada, pero no por ellos pesada o lenta. Lo que ocurre es que algunos pasajes, como la enumeración de las naves o la genealogía de los héroes, no tienen para nosotros el interés que indudablemente tenían para los griegos contemporáneos al poeta.

4°) Los sucesos importantes van precedidos por introducciones extensas y concluyen en finales breves. - Así cuando Tetis va a pedir a Hefesto que haga nuevas armas para su hijo, describe minuciosamente la recepción que se le tributa; pero, logradas las armas, Tetis se retira sin despedirse siquiera (Ilíada, canto XVIII).

5°) Ausencia de estricta verosimilitud. - Por ejemplo, no nos dice el poeta cuál es la actitud de Agamenón mientras Aquiles dialoga con Palas Atenea (Ilíada, canto I).

 

Descripción – Las descripciones de los personajes son verdaderamente escasas, ya que el poeta, por lo general, prefiere que se les conozca por los efectos que producen en los demás. Sentimos la belleza de Helena, pero no porque se la describa como bella, sino porque se relata el asombro y la admiración de los ancianos ante ella (Ilíada, canto III, v. 156).

 

Relatos en primera persona – Este procedimiento consiste en poner en boca de un personaje lo que el mismo poeta podría haber relatado. De esta manera consigue un doble efecto: acorta el relato, que de otra manera resultaría demasiado largo y minucioso, y aumenta el interés del auditorio, ya que interesa más una aventura contada por aquel que la vivió que por otro cualquiera.

 

Diálogos y discursos – El diálogo tiene gran importancia en Homero.

El discurso es una exposición de cierta extensión, encaminada a persuadir. A diferencia de los relatos en primera persona, los discursos no se refieren a hechos pasados, sino al momento en que se desarrolla la acción; además, están dirigidos a un fin determinado: obtener una resolución favorable en el ágora, alentar en los combates, etc.

Los discursos animan la narración de los combates y pintan claramente el carácter propio de cada personaje. En la querella entre Agamenón y Aquiles, en el ágora del primer canto de la Ilíada, el primero se muestra autoritario y orgulloso, mientras que el segundo se nos aparece colérico, impetuoso e inflexible. En el coloquio entre Héctor y Andrómaca, del canto VI de la Ilíada, vemos en el héroe troyano ternura, pero a la vez dignidad y honor.


 

[1] Significa común, usual, ordinario, y aplicado a la lengua: la que hablan en general todos los griegos.

[2] De epos: narración.

[3] Etimológicamente, aedo significa cantor. Es un poeta, en el sentido originario del vocablo, esto es, creador, hacedor.

[4] Etimológicamente, rapsoda significa zurcidor de cantos.

[5] Larga polémica en torno a la paternidad de la Ilíada y la Odisea que tuvo su origen en Francia en el siglo XVII.

[6] Antigua ciudad en el extremo nordeste de Asia Menor. En el lugar, la Arqueología exhumó las ruinas de nueve ciudades superpuestas correspondientes a diversos períodos. La Troya homérica parece haber sido la VI, comenzando de abajo, que fue destruida hacia el 1200 a. de C.

[7] Expresión del poeta Horacio (Arte Poética, v.148) que significa en mitad del asunto, en contraposición con ab ovo, desde el origen (literal: desde el huevo).