I.
Cuando veo la alondra que mueve
de alegría sus alas contra el rayo del sol
y que se olvida y se deja caer
por la dulzura que le entra en el corazón,
¡ay! Entonces siento tal envidia
por cualquiera que vea alegre,
que me admira como al instante
el corazón no se me funde de deseo.
II.
¡Ay desdichado! ¡Creía saber tanto
del amor y sé tan poco!
pues no puedo abstenerme de amar
a aquella de la que no tendré beneficios.
Me ha quitado el corazón y a mí
y a sí misma y a todo el mundo;
y cuando se me fue, no me dejó nada,
sino deseo y un corazón anhelante.
III.
Ya no tuve dominio sobre mí,
ni fui mío desde el momento
que me dejó mirar en sus ojos,
en un espejo que me agrada mucho.
Espejo, desde que me miré en ti,
me han matado los profundos suspiros,
de modo que me perdí igual que se perdió
el hermoso Narciso en la fuente.
IV.
De las damas me desespero
nunca más confiaré en ellas;
así como las solía defender,
así las atacaré;
pues veo que ni una sola me ayuda
para con aquella que me destruye y confunde,
dudo de todas, en ninguna creo,
porque sé que son todas iguales.
V.
En eso parece mujer
mi señora, y se lo reprocho,
pues no quiere lo que se debe querer
y hace lo que se le prohíbe.
He caído en desgracia
y hago como el loco en el puente;
no sé por qué me ocurre,
sino porque subí demasiado alto.
VI.
En verdad, se ha perdido la compasión
-y no lo supe nunca-,
pues aquella que debiera ser compasiva,
no lo es; ¿dónde la buscaré?
¡Ay! Qué mal parece, a quien lo ve,
que, a este desgraciado deseoso,
que sin ella no tendrá ningún bien,
que lo deje morir, sin ayudarle.
VII.
Ya que con mi señora no me valen
ruegos ni compasión, ni mi propio derecho,
y a ella no le agrada
que la ame, nunca se lo volveré a decir.
Así me alejo de ella y me aparto.
Me ha muerto, y como muerto respondo,
me voy –ya que no me retiene-
desdichado, al exilio, no sé a dónde.
VIII.
Tristán, no tendréis nada de mí,
pues me voy, desdichado, no sé a dónde.
Abandono y dejo de cantar,
y me escondo ante la alegría y el amor.
BERNART DE VENTADORN
