¡Llénate de gozo, Florencia, puesto que eres tan grande, que tu fama vuela por mar y tierra, y tu nombradía se extiende por el infierno! Entre los ladrones encontré a cinco de tus ciudadanos, de lo que yo me avergüenzo, y tú no sales muy honrada. Mas, si es verdad lo que se sueña al amanecer, dentro de poco sabrás lo que Prato, no ya los otros, desean contra ti. Y, si ya hubiese ocurrido, no me parecería pronto. ¡Así hubiera sucedido ya lo que ha de suceder! Más me pesará cuánto más viejo me encuentre.
Nos marchamos, y por la escalera que formaban las piedras, y que nos había servido para bajar, subió mi guía tirando de mí, prosiguiendo el solitario camino entre picos y rocas de la escollera, donde el pie no se podía mover sin ayuda de la mano. Me dolí entonces, y me aflijo ahora cuando dirijo el pensamiento a lo que vi, y refreno mi espíritu más de lo que suelo para que no vaya donde la virtud no lo guíe, pues si la buena estrella o algo mejor me han dotado de un bien, que yo mismo no me lo envidie.
Lo mismo que el campesino que descansa sobre el otero en la época en que el astro que ilumina al mundo tiene su faz menos tiempo escondida, y en la hora en que la mosca cede al mosquito ve luciérnagas abajo en el valle, allí donde tal vez vendimia y ara, vi resplandecer toda con llamas la octava fosa, de lo que me percaté en cuanto estuve en el lugar desde donde se la divisaba hasta el fondo. Y como aquel a quien vengaron los osos vio partir el carro de Elías cuando los caballos se elevaron erguidos hacia el cielo y no podía seguirlo con los ojos, pues no veía más que una llama remontándose como una nubecilla, así veía yo cada una de aquellas por la abertura del foso, sin mostrar ninguna lo que escondía, y cada llama ocultaba a un pecador. Yo estaba sobre el puente tan absorto en mirar, que, si no me hubiese agarrado a un peñasco, me hubiera caído sin que me empujase.
Mi guía, que me vio tan atento, me dijo: “Dentro de las llamas están las almas. Cada una se reviste de la llama en que arde”. “Maestro —le respondí—, por oírtelo decir, estoy más seguro; pero ya se me había ocurrido que fuese así y quería decirte: ¿quién arde en aquella llama dividida por arriba en dos y que parece surgir de la pira en que Eteocles fue puesto con su hermano?” “Allí dentro padecen su martirio —me respondió— Ulises y Diomedes, y así juntos sufren el castigo como incurrieron en la ira. Dentro de la llama se gime por el engaño del caballo que fue la puerta por donde salió la noble estirpe de los romanos. Se llora también el fraude por el que Deidamia se duele todavía de Aquiles y se paga la pena por el Paladión”. “Si pueden hablar dentro de aquella llama —dije yo—, te ruego, maestro, y te lo vuelvo a rogar, y que el ruego valga por mil, que no te niegues a que espere que la llama bicorne llegue hasta aquí, pues tú ves qué vivo deseo me impulsa hacia ella”. Y me contestó: “Tu ruego es digno de mucha alabanza y accedo a él; pero procura refrenar tu lengua. Déjame hablar a mí, que yo comprendo lo que tú quieres, y ellos, por ser griegos, tal vez se mostrarían esquivos a tus palabras”.
Cuando la llama estuvo donde a mi guía le pareció lugar y ocasión oportunos, le oí hablar en estos términos: “¡Oh vosotros, que sois dos ardiendo en un solo fuego! Si algo merecí de vosotros mientras viví; si algo, poco o mucho, merecía cuando en el mundo escribí mi gran poema, no os mováis y que el primero de vosotros diga dónde le llevó a morir su dolor”. El extremo más alto de la antigua llama empezó a oscilar; murmurando, como agitado por el viento, y moviendo la punta acá y allá, como si fuera la lengua que hablase, emitió palabras y dijo: “Cuando me separé de Circe, que me mantuvo más de un año preso en Gaeta, antes de que Eneas la llamase así, ni la dulzura del afecto de mi hijo, ni la piedad por mi anciano padre, ni el amor que debía hacer feliz a Penélope pudieron vencer en mí el ansia que sentía de conocer bien el mundo y los vicios y el valor humanos, por lo cual me lancé por el ancho mar abierto, solo, con una barca y los pocos compañeros que no me abandonaron nunca. Vi una costa y la otra hasta España y hasta Marruecos, y la isla de Cerdeña, y las demás que aquel mar baña y circunda. Mis compañeros y yo estábamos viejos y cansados cuando llegamos a aquella estrecha hoz donde Hércules plantó sus señales para que el hombre no pudiera pasar más allá. Dejé a mi derecha a Sevilla, y a la otra mano ya había dejado a Ceuta. “¡Oh hermanos —dije—, que a través de cien mil peligros habéis llegado a Occidente!: a la escasa jornada que les queda a nuestros sentidos no le neguéis la experiencia de seguir detrás del sol hacia el mundo deshabitado. Pensad en vuestra naturaleza. No fuisteis hechos para vivir como los brutos, sino para alcanzar virtud y conocimiento”. En mis compañeros desperté con estas breve palabras tanto afán de seguir el viaje, que apenas hubiera podido contenerlos; así, volviendo la popa a levante, hicimos de los remos alas para el loco viaje, dirigiéndolos siempre hacia el lado izquierdo. Todas las estrellas del otro polo veía por la noche, y el nuestro quedaba tan bajo, que no aparecía apenas sobre el nivel del mar. Cinco veces se había encendido y otras tantas apagado la luz que nos presta la luna desde que habíamos iniciado aquel viaje, cuando apareció un monte oscuro por la distancia, y que me pareció tan alto como no había visto nunca otro alguno. Nos alegramos, y pronto nuestra alegría se tornó en llanto, pues de la nueva tierra arrancó un torbellino que sacudió el barco por la proa, lo hizo girar tres veces con el agua y a la cuarta levantar la popa en alto, mientras la proa se hundía, como quiso Aquel, hasta que el mar se cerró sobre nosotros”.
DANTE
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| Ilustración de Gustave Doré |
