Lucrecio pasó desapercibido en su tiempo. Después de su muerte, Cicerón dio a conocer De la naturaleza de las cosas, poema en el que, siguiendo las doctrinas de los filósofos materialistas griegos, principalmente Epicuro, a quien llama “inventor de la verdad”, el poeta se propone “revelar los principios y los elementos a partir de los cuales la Naturaleza crea, hace crecer y nutre todas las cosas, y a donde retornan después de la muerte y la disolución.”.
La doctrina de Epicuro explica que la materia es eterna, aunque no lo sean los cuerpos con ella formados, y que la muerte o término en todos los seres, incluso el humano, no es más que una transformación, una disgregación de los átomos que los forman, átomos imperecederos. Aunque Epicuro no admite una providencia directora, y menos aún dioses que de continuo se estén ocupando de lo que los seres humanos hacen, no es, sin embargo, ateo. Los dioses en el epicureísmo gozan en su mansión de la perfecta tranquilidad a que el sistema filosófico aspira. Son como la representación ideal de la suma quietud. Las cosas de este mundo en nada les afectan, y en ningún caso se ocupan de ellas.
Según Epicuro, el alma era material como el cuerpo, y mortal como él, aunque formada por átomos más tenues y sutiles. Para la humanidad no había otra vida que la de este mundo, y la muerte como término de la lucha de las pasiones y de las dolencias corporales y espirituales, era un bien que, si no se había de procurar quebrantando las leyes de la naturaleza, tampoco se debía temer.
El pensamiento de Lucrecio es una concepción fundamentalmente dinámica de la naturaleza, el movimiento de los átomos en el vacío explica la totalidad de los fenómenos naturales: así las tormentas como las epidemias. Solo en un aspecto se ha permitido Lucrecio corregir a Epicuro: además de movimiento vertical de los átomos, enseña el “clinamen” o movimiento en dirección oblicua, que hará posible, al fin, el movimiento circular. Este “clinamen”, apenas considerado por Epicuro, resultaría del capricho imprevisible del átomo. El propio poeta habría querido así salvar los derechos del libre albedrío.
Para Lucrecio, los mitos cosmogónicos son fruto de la superstición y la ignorancia, y si en algún momento acepta la existencia de los dioses, supone que estos gozan de su inmortalidad en medio de la paz más profunda, desvinculados por completo de los asuntos humanos, y ajenos a los fenómenos naturales.
La religión tradicional se desfibraba rápidamente. El proceso culminará, desde luego, con el fin de paganismo. Estos años del siglo I a.C. muestran ya, con todo, señales ciertas de descomposición. Como sospechando su extinción definitiva, el politeísmo ensaya su ultimo notable esfuerzo: los dioses se multiplican y son ahora legión.
Las ideas de Lucrecio no son originales, y el poema, carente de rigor metódico, da la impresión de una obra inacabada cuyo autor ha sido desbordado por lo vasto del tema. Sin embargo, Lucrecio es un poeta de estilo vigoroso, cuya apasionada búsqueda de la verdad se ha inmortalizado en pasajes de singular belleza. Nos desdeña los viejos mitos en cuanto son capaces de ilustrar su pensamiento y hacer grata y accesible una doctrina despojada por sí misma de sugestión poética. Así el poema se abre con una hermosa invocación a Venus, símbolo del amor y de la procreación, a quien el poeta considera la única que hace gozar a los hombres de una tranquila paz, pues aún el poderoso Marte viene a buscar refugio en sus brazos.
Poeta solitario en una sociedad desgarrada por sangrientos conflictos, Lucrecio estima que la contemplación de la naturaleza es el único medio que permite al hombre superar su terror ante lo desconocido y evitar la injusticia que engendran la envidia y la vanidad.
